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    Fui, soy y seré (A propósito de "Rosa Luxemburgo", obra de Alejandra Arístegui)

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    alberto a.

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    Fui, soy y seré (A propósito de "Rosa Luxemburgo", obra de Alejandra Arístegui)

    Post  alberto a. on Thu Aug 11, 2011 5:57 pm

    Fui, soy y seré

    (A propósito de "Rosa Luxemburgo",

    obra de Alejandra Arístegui)





    por Alberto a. Arias






    --------------------------------------------------------------------------------



    Escena en torbellinos



    Aquí se trata de cómo la revolución (necesidad y exceso se la mire por donde se la mire) encarna en una mujer. La actriz encarna a la revolucionaria que ha encarnado la revolución. Esta doble encarnación juega con el teatro y su doble, y Alejandra Arístegui, alma mater de “Rosa Luxemburgo”, se entrega por entero a tremendo desafío. Autora poética, actriz poderosa y hacedora empecinada de su espacio teatral, ha realizado un gran trabajo de síntesis, pasionalmente equilibrado, que no apela a golpes de efecto ni se basa sobre una endulzada biografía.

    En “Rosa Luxemburgo” son someras pero precisas las reminiscencias del pasado de la revolucionaria, tanto como sus cotidianas tribulaciones personales y amorosas. Incluso los escritos de Rosa que allí son citados aparecen justificados por el contexto, en breves e intensas apariciones.

    Históricamente hablando, lo que nos presenta como situación y atmósfera es aquel lustro de sangre: el periodo 1914-1918, periodo de catástrofe social y humana pero asimismo de grandes luchas, triunfos y derrotas del proletariado internacional.

    En este pequeño espacio casi íntimo del teatro, es posible imaginar que se ponen en escena unas trombas o torbellinos que, sumergiéndonos en su complejidad, nos hacen ver por dentro la atmósfera y el cuerpo en que habrán de fundirse como en un gran remolino de elementos.

    Así –logro fundamental de la obra– vemos irrumpir una de las trombas: la comprensión-escenificación de la dialéctica de triunfo y derrota tal como esta cuestión fundamental aparece en los escritos de Rosa L. (y una vez más, en su texto “El orden reina en Berlín”, escrito la víspera de su asesinato). El texto poético-teatral de Arístegui coloca esa cuestión decisiva, aquella condición de la que depende la inevitabilidad del triunfo de la causa social y humana: el que todas las derrotas que forman el camino de la Revolución sean indagadas en sus porqué, en sus razones, en sus características, en su fundamento.

    Luego, pasar y permanencia: ser, estar, permanecer, legar la lucidez y la lucha. Continuo que en esta obra asume su dimensión de dolor y amor, de exigencia y entrega, de dignidad-simplicidad y altivez-modestia.

    Y he aquí otro torbellino, quid de la cuestión: dar la vida. Rosa no dejará a las masas trabajadoras solas, porque ella les pertenece. Rosa es el destino mismo de las masas revolucionarias en aquella fracción humana que tiene de promisorio toda la decisión y todo el coraje para cambiar la vida, y que serán atacadas por lo normal contrarrevolucionario encarnado en los fantasmales represores que la y las desprecian.

    De este modo Rosa encarna el valor supremo de la revolución social (la vida digna), que se de/fine en el momento de entregar la vida propia por la causa del común humano: lo crucial de la vida digna se juega entero el día en que hay que morir por la revolución porque ese momento-situación resume, condensa, la vida completa vivida para y por la revolución.

    Ese instante de extremo conflicto, doloroso pero exaltante, entre quien se desea libérrima y la mujer revolucionaria, social y condicionada que es, está de cuerpo presente en la escena como otra tromba. Es el instante-conflicto de devenir “acontecimiento-ser-mujer-revolución”. Y su puesta en escena nos interroga: ¿Acaso una mujer-que-es (y no un supuesto “frágil cuerpo femenino”) puede soportar esto en una sola y misma presencia que deviene multitud? ¿Y cómo? Esa es la pregunta que aquí insiste, insiste.

    Pero todo sucederá, en el colmo del artificio teatral, naturalmente: tal es, también, la esencia del legado revolucionario.

    “Mi bucle se puso rojo” (“Yo tengo un bucle que cae muy bonito sobre la frente y se puso rojo”, dice el texto de Alejandra). La carne, el cuerpo, el rostro, la cabeza: toda ella revolución sanguínea y viva hasta en la muerte, en el instante crucial.

    Tras recibir el disparo, Rosa es arrojada al río de la historia, al agua elemental, al sitio del nacimiento y la muerte. Allí, inmersa en “la naturaleza de las cosas”, la vemos convertirse en el cuerpo simbólico de esa permanencia, y con ella misma todos los revolucionarios caídos, todos los seres que han dado y honrado la vida digna en la lucha.

    Así, esta obra acierta también en este grandioso torbellino: el de presentar a Rosa encarnando el fundamento medular de la Revolución que recorre toda la obra: el “ser siendo” de necesidad y exceso que, incluso no percibidos, están ahí y existen poderosamente.

    Por fin, el instante inevitable del acceso a la conciencia irrumpe asumido y encarnado por Rosa, irguiéndose para dar soporte con su cuerpo y su voz a aquello que jamás será una mera frase: “fui, soy y seré”.





    Más allá de la escena (escrito entre el sueño y la vigilia)



    Si colocamos esta breve obra en el contexto de nuestro siglo 21, notaremos que se trata de una de las pequeñas cuentas del casi infinito collar disperso de los acontecimientos mundiales actuales: el agrietamiento del sistema mundial del capital en todas las latitudes, el despertar de las masas que aparecían como anestesiadas, el bullir de los movimientos y organizaciones del proletariado, todos y cada uno buscando un rumbo y una realización en la poderosa corriente de los hechos contemporáneos.

    No queda exento este sitio del juego y el drama, del deseo-deseos y la sociedad común, del yo y los otros, del ellos y el nosotros, del qué podemos hacer y qué hacemos.

    La presencia escénica concreta, entorbellinada, del cuerpo de Rosa-Alejandra: para eso se inventó el teatro: para decir-hacer sobre este dilema que se topa de cuajo, de bruces, se mire por donde se mire, con el archifamoso e individual-colectivo “de dónde vengo, quién soy, a dónde voy”. Interrogación sin fin. Deseos de estar y ser, y asimismo de escapar y no ser. Un extraño torbellino girando al mismo tiempo hacia afuera y hacia adentro.

    ¿Acaso este hecho, este acto, de plantarse en una escena teatral para resolver el “enigma en sí” de una vida, puede ser tan distinto del inevitable tener que resolverlo en la vida-en-común? A primera vista se podría decir que sí, que no se pueden comparar las dimensiones e intensidades de la escena teatral y de la escena vital. Sin embargo, la vida en la escena teatral se condensa y concentra, como en una danza de atomicidad alocada pero contenida, en escasos segundos-minutos de existencia; la vida-en-común se despliega como un abanico en lo extenso de días-décadas y sus accidentes, sus imprevistos, distracciones, planes, contradicciones, azares y, sobre todo, en sus olvidos salvadores, reparadores. Y así es como las verdades imaginarias y fácticas de una y otra se reúnen, contenidas pero disparadas al infinito.

    En primera instancia la escena teatral, como la vida, tampoco perdona. Pero en verdad los seres corpóreos que captan la escena crucial de la luz-oscuridad vital del “dar la vida” para honrarla, son al fin juez y parte, verdugo y salvador: memoria y olvido.

    He aquí por fin, en “Rosa Luxemburgo” de Alejandra Arístegui, una elaboración poética del destino y el accidente, de los que el azar y la causa constituyen esa especie mencionada de torbellino bicéfalo que nos compone y descompone como humanos segundo a segundo, instante a instante, de principio a fin, en el andar de los días y los mundos posibles.



    (25 julio 2011)



    Alberto a. Arias


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