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      Sobre capitalismo, chimpancés y otros primates

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      JM Delgado

      Number of posts : 731
      Group : Democracia Comunista Internacional-Organización marxista luxemburguista
      Location : Metalúrgico
      Registration date : 2008-06-20

      Sobre capitalismo, chimpancés y otros primates

      Post  JM Delgado on Sat Dec 24, 2011 1:51 am

      Sobre capitalismo, chimpancés y otros primates
      Jorge Riechmann

      La economía política fundada por Adam Smith y David Ricardo se
      estableció sobre la base de un individuo guiado por móviles egoístas: es
      el famoso Homo economicus maximizador de su propia función de utilidad,
      que hoy, dos siglos después de Smith, sigue campando por sus respetos
      por toda la mainstream economics (o sea la economía neoclásica
      convencional)[1].

      Podemos preguntarnos al menos tres cosas: si este modelo antropológico
      presupuesto por la economía convencional se asemeja en algo a los seres
      humanos reales; cómo puede uno llegar a pensar que sí se asemeja; y si
      es bueno para la ciencia económica trabajar a partir de un modelo
      antropológico tan extremadamente tosco y reductivo.

      La respuesta a la primera pregunta es, de manera bastante obvia, que no.
      Los seres humanos no son siempre y en toda circunstancia egoístas
      conscientemente maximizadores de su propio interés. Las motivaciones de
      sus actos son complejas, y entre ellas desempeñan un papel importante,
      por ejemplo, las normas sociales (una de cuyas importantes
      características es precisamente que la conducta guiada por normas
      sociales no se preocupa por los resultados)[2]. La famosa serie de
      experimentos que desarrollaron Daniel Kahneman y Amos Tversky a partir
      de los años setenta del siglo XX mostró que la conducta humana en
      contextos económicos reales esta lejos de ajustarse a las simplezas de
      la maximización de utilidad[3]. Y, más recientemente, en diversos
      experimentos con estudiantes universitarios occidentales (vale decir,
      con sujetos juveniles expuestos a una “socialización de mercado” que
      presumiblemente alentará las disposiciones egoístas) se ha visto que
      sólo la cuarta parte, aproximadamente, se ajusta a las preferencias
      egoístas del Homo economicus.[4]

      Un aspecto interesante de estas investigaciones con seres humanos y
      otros primates es que muestran que, aunque los seres humanos no
      ajustemos nuestra conducta a la del modelo que supone el Homo
      economicus, ¡los chimpancés sí que lo hacen en gran medida! Parecen ser
      maximizadores racionalmente egoístas de una forma que a nosotros nos
      resulta ajena.

      En efecto, el conocido “juego del ultimátum” se ha adaptado para
      chimpancés (con uvas en vez de monedas: las uvas están entre los
      alimentos que ellos más aprecian). Recordemos que se trata de un juego
      experimental de economía en el cual dos partes interactúan de manera
      anónima y sólo una vez (por lo que la reciprocidad no entra en
      consideración). El primer jugador propone cómo dividir una determinada
      suma de dinero con el segundo (por ejemplo diez euros; o diez uvas, en
      el caso de los chimpancés). Si éste último rechaza la oferta, nadie
      obtiene nada. En cambio, si la acepta, el primer jugador obtiene lo que
      propuso y, el segundo, el resto.

      Como nos recuerda Wikipedia, entre los seres humanos “todas las pruebas
      que se han hecho de este juego muestran que nunca el que propone el
      ultimátum consigue abusar del que lo recibe, quien prefiere renunciar a
      un beneficio pequeño castigando al que pretende obtener un beneficio
      mayor basado en la decisión racional. En la práctica, en la mayoría de
      los casos el oferente propone un reparto equitativo y en muchos casos,
      espontáneamente, ofrece una cantidad superior a la que se reserva. El
      juego del ultimatum se usa como evidencia contra las teorías del homo
      economicu,s pues muestra que las elecciones a partir de criterios de
      justicia priman sobre las de beneficio”. En efecto, en la gran mayoría
      de las culturas humanas el proponente ofrecerá el 40% o más de la
      cantidad en juego, y el receptor no aceptará cantidades por debajo del
      30%. Sin embargo, entre los chimpancés el proponente ofrecerá el mínimo
      posible (una uva de diez, por ejemplo) y el receptor aceptará cualquier
      cosa por encima de cero (esa mísera uva, aunque el otro se quede con
      nueve)… ¡No castigan las ofertas injustas como lo hacemos los seres
      humanos! [5]… En fin, quizás el capitalismo podría funcionar bien si
      estos primos cercanos nuestros sumasen a sus disposiciones naturales
      cierto salto cognitivo y un afán por la búsqueda despiadada de la
      ganancia, pero en el mundo humano el capitalismo resulta más bien
      antinatural…

      El ilustre economista (y premio Nobel) Amartya Sen ha señalado que no
      contamos con ninguna evidencia ni de que la maximización del propio
      interés suponga la mejor aproximación al comportamiento humano real, ni
      para decir que lleva necesariamente a unas condiciones económicas
      óptimas. De hecho, hay conocimiento histórico y etnográfico, así como
      abundante investigación empírica, que muestran pautas sistemáticas de
      comportamiento humano incompatibles con el modelo del Homo
      economicus[6]. En los laboratorios de la “economía experimental” los
      individuos reales no se comportan como egoístas maximizadotes de su
      utilidad[7]. Y es patente que existen economías capitalistas
      –señaladamente la japonesa, una de las economías capitalistas más
      poderosa del planeta– en las que la desviación sistemática del
      comportamiento egoísta hacia un comportamiento basado en la norma
      –deber, lealtad, buena voluntad, etc– es un factor fundamental del éxito
      económico. Oigamos al propio Sen:

      “El éxito de algunas economías de libre mercado, como Japón, en la
      producción eficiente se ha citado también como evidencia favorable a la
      teoría del egoísmo. No obstante, él éxito del libre mercado no nos dice
      nada acerca de la motivación en la que se apoya la acción de los agentes
      económicos en dicha economía. En realidad, en el caso de Japón, existe
      una fuerte evidencia empírica que sugiere que las desviaciones
      sistemáticas del comportamiento egoísta hacia el deber, la lealtad y la
      buena voluntad han desempeñado un papel fundamental en el éxito
      industrial. Lo que Michio Morishima (1982) denomina el ‘carácter
      japonés’ es, sin duda, difícil de encajar en ninguna descripción
      sencilla del comportamiento egoísta (ni siquiera teniendo en cuenta los
      efectos indirectos). [...] De hecho, el dominio, en Japón, del
      comportamiento basado en la norma se puede ver no sólo en términos
      económicos sino también en otras esferas de la conducta social, como en
      la rareza de arrojar basura al suelo, la poca frecuencia de pleitos, el
      número extraordinariamente reducido de abogados y el índice muy bajo de
      criminalidad comparada con otros países de riqueza similar.”[8]

      Tiendo a pensar que la respuesta a la segunda pregunta –cómo se puede
      dar por bueno que el Homo oeconomicus describe con alguna exactitud el
      comportamiento humano real– tiene bastante que ver con la socialización
      dentro de una economía capitalista “naturalizada”, esto es, a la que se
      considera un orden económico “natural” e inmutable, si no el único
      posible.

      Ahora bien: el mercado, a lo largo de la historia, ha sido
      frecuentemente criticado desde criterios éticos. Aristóteles (libro
      quinto de la Ética nicomaquea y libro primero de la Política) explicaba
      que el mercado destruye la posibilidad de la amistad y el civismo, que
      crea angustia en cuanto a los medios de existencia, y que por
      consiguiente es incompatible con la virtud humana. Pero no hace falta
      que nos remontemos tan atrás en la historia del pensamiento occidental,
      sino que basta con que reflexionemos un poco. Los mercados capitalistas,
      una vez establecidos (a un coste histórico enorme)[9], tienden a
      fomentar el egoísmo como rasgo de carácter. En efecto: en un intercambio
      mercantil típico, cada uno de los dos agentes tiende a desear los
      mejores términos de intercambio para sí mismo; intenta obtener lo más
      posible cediendo lo menos posible, y se esfuerza por que el otro reciba
      lo menos posible y ceda lo más posible. Cada cual trata al otro de
      manera puramente instrumental, como un objeto del que dispone para sus
      propios fines. El altruismo más o menos consecuente es por definición
      imposible en una economía competitiva de mercado (lleva a quien lo
      practica a una ruina segura). Es fácil ver que a medida que las
      relaciones mercantiles invaden todos los ámbitos de la existencia
      humana, las actitudes y comportamientos egoístas tienden a
      generalizarse. Por tanto, la relación de causalidad más adecuada, a mi
      juicio, no es que hay mercados porque el ser humano sea egoísta, sino
      que el ser humano tiende a hacerse más egoísta a medida que se
      generalizan los mercados.

      Tengamos siempre presente, para no obcecarnos, que todo régimen
      económico moderno incorpora siempre un sector de mercado, otro de
      planificación y otro de reciprocidad[10], con peso diferente en las
      diferentes sociedades. En la sociedad japonesa, por ejemplo, que es muy
      amiga del regalo, el valor monetario de lo que se redistribuye mediante
      regalos asciende nada menos al 5% del producto nacional, sin incluir los
      servicios intrafamiliares ordinarios[11].

      Y no olvidemos tampoco que existen o han existido sociedades –las
      llamamos “primitivas”– en las que las relaciones de reciprocidad
      dominaban por completo las conductas económicas. Así, por ejemplo, los
      cazadores-recolectores bosquimanos o australianos cazan colectivamente; y
      cuando un aborigen mata un canguro, no se queda con nada para él mismo,
      sino que lo entrega troceado a los demás de acuerdo con reglas bien
      definidas (por las relaciones de parentesco). Podríamos acumular los
      ejemplos etnológicos hasta la saciedad.

      “Se nos enseña a creer que el ser humano es esencialmente una criatura
      adquisitiva, y que, abandonado a sus propios impulsos, se comportará
      como lo haría cualquier hombre de negocios que se precie. Constantemente
      se nos inculca que la persecución del beneficio es tan vieja como el
      mismo ser humano. Pero no lo es. La motivación por el beneficio, en la
      forma en que hoy la conocemos, sólo es tan vieja como ‘el hombre
      moderno’. Incluso hoy la noción de la ganancia por la ganancia resulta
      extraña a gran parte de la humanidad, y se hizo notar por su ausencia
      durante gran parte de la historia registrada…”[12]

      La respuesta a la tercera pregunta es, a mi juicio, que el restrictivo e
      irreal supuesto del comportamiento egoísta ha dañado la calidad del
      análisis económico. Oigamos por ejemplo a un premio Nobel de economía:
      “La naturaleza de la economía moderna se ha visto empobrecida
      sustancialmente por el distanciamiento que existe entre la economía y la
      ética”[13]. El profesor Sen ha dedicado un libro entero –Ética y
      economía– a la investigación de esta cuestión, que no puedo abordar
      aquí.

      [1] Sobre el abuso que se hace de Smith a la hora de legitimar al Homo
      oeconomicus, véase Amartya Sen: Sobre ética y economía. Alianza, Madrid
      1990, p. 38-45; y Serge-Christophe Kolm: La bonne économie -La
      réciprocité générale, PUF, Paris 1984, p. 21.

      [2] Véase Jon Elster: Tuercas y tornillos. Gedisa, Barcelona 1990, p. 115-124.

      [3] Su artículo seminal “Judgment under uncertainty” es de 1974. Una
      síntesis de las aplicaciones de esta línea de investigacion a la teoría
      económica en Richard H. Thaler, Quasi Rational Economics, Russell Sage
      Foundation 1991.

      [4] Samuel Bowles y Herbert Gintis: “¿Ha pasado de moda la igualdad? El
      Homo reciprocans y el futuro de las políticas igualistaristas”, en
      Roberto Gargarella y Félix Ovejero (comps.), Razones para el socialismo,
      Paidos, Barcelona 2001, p. 184.

      [5] Véase Josep Call, “Prosocialidad y origen de la justicia en humanos y
      otros primates”, ponencia en el curso “Dimensiones sociales del animal
      humano: una interpretación evolutiva”, Facultad de Biología de la UAM,
      12 al 21 de diciembre de 2011.

      [6] Véase por ejemplo Joseph Heinrich, Robert Boyd, Samuel Bowles y
      otros: “In search of Homo economicus: Behavioral experiments in 15
      small-scale societies”, AEA Papers and Proceedings vol. 91 num. 2, mayo
      de 2001.

      [7] Fernando Aguiar, Antonio Gaitán y Blanca Rodríguez: “¿Qué es la
      filosofía experimental?”, ponencia enla XVII Semana de Ética y Filosofía
      Política (Donosti/ San Sebastián,1 a 3 de junio de 2011).

      [8] Sen: Sobre ética y economía, op. cit., p. 36. Véase también el
      capítulo 6 (“Cómo viven los japoneses”) de Ética para vivir mejor de
      Peter Singer, Ariel, Barcelona 1995.

      [9] Sobre la violentación antropológica que ha sido necesaria para la
      instauración del capitalismo, véase Félix Ovejero Lucas, De la
      naturaleza a la sociedad, Barcelona, Península 1989, p. 2 y ss., 32-33,
      63. Véase también La gran transformación, la clásica obra de Karl
      Polanyi.

      [10] Kolm: La bonne économie, op. cit., p. 65 y ss.

      [11] Kolm: La bonne économie, op. cit., p. 63.

      [12] Robert Heilbronner, The Worldly Philosophers: The Lives, Times and
      Ideas of Great Economic Thinkers, Simon & Schster, Nueva York 1953,
      p. 22.

      [13] Sen: Sobre ética y economía, op. cit., p. 25.



      sobre capitalismo, chimpancés y otros primates « tratar de comprender, tratar de ayudar
      __________________

      "Another difference between Milton
      and myself is that everything reminds Milton of the money supply. Well,
      everything reminds me of sex, but I try to keep it out of my papers."








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