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      La cuestión nacional (con otros textos)

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      lucien

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      La cuestión nacional (con otros textos)

      Post  lucien on Fri Jul 11, 2008 5:46 am

      La traición de clase de la izquierda nacionalista en España (Diego Guerrero):
      http://www.ucm.es/info/ec/jec10/ponencias/105DiegoGuerrero.pdf[b]
      Introducción

      En este texto vamos a desarrollar los puntos siguientes:

      1. Las relaciones entre nacionalismo, izquierda política y análisis de clase. En relación con esto, el primer apartado centrará su atención en los siguientes puntos:
      1º. El enfoque nacionalista es opuesto al enfoque de clase y perjudica siempre los intereses de la clase obrera. Mientras que el internacionalismo proletario es consecuencia de un análisis materialista y realista, el nacionalismo es una forma de idealismo, idealización y tergiversación de la realidad social. La única posible defensa de la nación por parte de los trabajadores debe ser la defensa de “la nación de los trabajadores” frente a la del capital. Cualquier alternativa debe ser combatida desde el internacionalismo de clase.
      2º. No hay ni puede existir un nacionalismo de izquierda, por mucho que una parte de la izquierda haya renegado de su internacionalismo y se haya convertido en nacionalista. Esa “izquierda” debe ser combatida igual que la izquierda socialdemócrata, porque ambas hacen el juego al capital. Por otra parte, como todo nacionalismo tergiversa la realidad, el de izquierda también lo hace, pero además malinterpretando, si no manipulando tendenciosamente, ciertas ideas de Marx, Lenin y de los internacionalistas en general.
      3º. En particular, el nacionalismo de izquierda reivindica el “derecho a la autodeterminación” de las naciones, que es algo que Lenin reclamaba para las colonias. Para ello, presenta a cualquier “nación”, real o supuesta, que haga esta reivindicación como nación oprimida, y en ello cuenta con el pleno acuerdo y con el apoyo con los sectores separatistas burgueses y pequeñoburgueses.

      2) En el caso español, tenemos una clara representación de los fenómenos anteriores. El apartado II del artículo analizará por qué el nacionalismo de izquierda español debe ser combatido como contrario a los intereses proletarios. Aunque el nacionalismo periférico español no se limita a los tres casos mejor conocidos (catalán, vasco y gallego), los de estas regiones pueden ser objeto de un estudio particular. Las dos principales regiones económicas tradicionales, Cataluña y el País Vasco, no son regiones oprimidas, ni económicamente ni en otro sentido. Además, a diferencia de las otras regiones (incluida Galicia), que tampoco lo son, comparten la características de contar con las principales fracciones de la burguesía española, la cual, gracias al proceso de acumulación capitalista en gran parte volcado en el tejido industrial de esos territorios, ha conseguido enriquecer a esas dos regiones tanto en términos absolutos, como relativos (en relación con el resto de España). El granum salis que hay en la denuncia de una “opresión” así tiene que ver con el creciente sometimiento histórico y político que resulta del “necesario” proceso de centralización política y económica protagonizado durante el Antiguo Régimen y la edad moderna por la Corona frente a las noblezas provinciales (fenómeno europeo general como ilustra la guerra de las Frondas francesas), proseguido luego, a medida que iba accediendo a un creciente poder económico y político, por la burguesía, buena parte de la cual era y es en España la burguesía de origen catalán y vasco. En consecuencia, la renta de las regiones señaladas ha aumentado como porcentaje de la renta nacional; la fracción de la plusvalía que se extrae, se distribuye y se acumula en dichas regiones ha sido una fracción rápidamente creciente en los dos siglos de capitalismo transcurridos; y la fracción de la masa salarial pagada en estas regiones es también una fracción creciente de la masa salarial española.

      Veremos que gran parte de las reivindicaciones “catalanas”, “vascas”, etc., no son sino una forma de encubrir privilegios económicos de diverso tipo: freno a la redistribución territorial a favor de las regiones menos ricas, deseo de obtener una parte mayor de la redistribución estatal, etc. No obstante, la redistribución existente no se produce desde el capital al trabajo; por tanto, la burguesía española de estas regiones no tiene mucho que perder. Más bien, es la pequeña burguesía regional la que necesita compensar su pérdida de presencia económica (debido a la proletarización) con una creciente autoestima basada en valores y sentimientos de reafirmación patria.

      Algo parecido sucede con el también pequeñoburgués nacionalismo españolista (por ejemplo falangista). Pero en España este último tipo de nacionalismo fue durante el siglo XIX menos intenso que en los demás países, y sólo creció posteriormente, básicamente como reacción a las desmedidas exigencias del otro tipo de nacionalismo

      lucien

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      Re: La cuestión nacional (con otros textos)

      Post  lucien on Fri Jul 11, 2008 5:50 am

      I. Enfoque nacionalista versus análisis de clase.
      En un trabajo titulado “El Derecho de las naciones a la autodeterminación”, Rosa Luxemburgo escribió: “En una sociedad de clases, ‘la nación’ como una entidad sociopolítica homogénea no existe. Lo que sí existe en cada nación son clases con intereses y ‘derechos’ antagónicos” (en Aubet, 1977, pp. 48-49).
      Estas palabras reflejan lo que ha sido siempre la posición del internacionalismo proletario, desde Marx y Engels2 en adelante. Que esta fuera la posición obrera era lógico, pues todo nacionalismo ha ido siempre en contra de sus intereses como clase3. Asimismo:
      “Los marxistas están de acuerdo en un punto: El nacionalismo, incluso si es sincero, entorpece las reivindicaciones del proletariado, cuando no es un trapo tricolor que las burguesías nacionales agitan ante él para desviarlo de sus verdaderos intereses de clase” (Cabanel, 1997, p. 49).
      Además, los marxistas siempre se han opuesto a todo privilegio, incluidos los
      que se enmascaran como “derechos” nacionales4. Cuando se mira debajo de la
      alfombra, se observa que “el nacionalismo se preocupa especialmente por
      excluir a los extranjeros de los cargos clave del Estado” (Gellner, p. 23). De
      modo que “ninguna simpatía podía concebir Marx por las nacionalidades ‘en sí’,
      esas entidades que aspiraban a conseguir un Estado soberano y en cuya
      corriente circulatoria fluye la sangre egoísta del particularismo y la propiedad
      privada”5 (Gárate, p. 94). Todos los internacionalistas de entonces compartían
      estos planteamientos. Uno de los delegados de la AIT, un tal Carter, declaraba
      en el congreso de Lausana de la Primera Internacional: “Combatamos sin cesar
      la ignorancia; combatamos el funesto principio de las nacionalidades; por mi
      parte, yo no tengo país, todos los hombres son mis hermanos” (en Savater, p.
      53).
      Anticipándose a la incomprensión que podría suscitar entre la parte menos
      consciente de los trabajadores esta posición internacionalista, Marx y Engels la
      explican así:
      “Se ha reprochado también a los comunistas querer suprimir la patria, la nacionalidad. Los obreros no tienen patria (…) el proletariado (…) ha de elevarse a clase nacional (…) ha de constituirse a sí mismo en nación, pero de ningún modo en el sentido de la burguesía. Los particularismos nacionales y los antagonismos de los pueblos desaparecen cada día más (…) El dominio del proletariado va a hacerlos desaparecer más todavía. (…) En la medida en que se suprime la explotación de un individuo por otro, se suprime la explotación de una nación por otra. Acabado el antagonismo de las clases dentro de la nación, se acaba la hostilidad de las naciones entre
      sí.” (Marx y Engels, 1848b, pp. 65-6; cursivas, mías: DG).
      Por tanto, “para un verdadero comunista el problema nacional no debe tener sino un valor secundario, pospuesto al interés internacional”, de forma que, “llegado ese caso límite, debe estar dispuesto a perder su lengua, sus costumbres ancestrales, su folklore, todo cuanto significa la expresión y manifestación de su individualidad nacional, si ello es un obstáculo para alcanzar los fines del movimiento revolucionario universal” (Gárate, pp. 71-72).
      Marx y Engels analizaron siempre el nacionalismo como un fenómeno despreciable, ligado al principio sólo a los movimientos más retrógrados que surgen como reacción contra el desarrollo de los estados liberales más o menos impuestos por el avance del capitalismo mundial y de la clase que lo representa: la burguesía. Como fenómeno cada vez más “burgués”, ya en la Ideología Alemana (1845), habían escrito que “hoy día y en todas las naciones, la insistencia sobre la nacionalidad se encuentra sólo entre los burgueses y sus escritores”. Y en su trabajo contra el socialista Herr Vogt, Marx califica al emperador francés, Napoleón III, de “entrepreneur de las artimañas de la emancipación de las nacionalidades”, aclarando que “el ‘Principio de las nacionalidades’ fue usado de mala manera por Louis Bonaparte en los Principados del Danubio para disfrazar su contubernio con Rusia, lo mismo que el gobierno austriaco en 1848-49 abusó del ‘Principio de las nacionalidades’ para degollar la revolución húngara y alemana por medio de los serbios, eslavones, croatas, valacos, etc.”. Asimismo, asegura que el reaccionario príncipe austriaco, Metternich, es el mayor “sostenedor de las nacionalidades”.
      En el Manifiesto también queda claro que el internacionalismo ve con buenos ojos el desarrollo económico cada vez más centralizado que protagoniza la burguesía en la edad moderna, al que considera condición imprescindible de la revolución comunista6. Esto lleva a Marx y Engels a reconocer la existencia de las “grandes naciones”, pero no la de las “nacionalidades”. Para ellos, por ejemplo, España es una nación, pero Cataluña, el País Vasco y las demás regiones españolas no lo son; son simplemente “regiones” o “provincias” (o eso a lo que los partidarios del enfoque “nacionalista” romántico y conservador comenzaban entonces a llamar “nacionalidades”7).
      Por su parte, la posición de Lenin contra el nacionalismo es perfectamente
      coherente con la de Marx y Engels. Para él, el proletario debe oponer al nacionalismo la “cultura internacional de la democracia” (p. 26), típica de la clase obrera:
      “Nacionalismo burgués e internacionalismo proletario son las dos consignas antagónicas e inconciliables que corresponden a los dos grandes bandos que dividen a las clases del mundo capitalista y expresan dos políticas (es más, dos concepciones) en el problema
      nacional (…) todo nacionalismo liberal burgués lleva la mayor de las corrupciones a los medios obreros y ocasiona un daño enorme a la causa de la libertad y a la lucha de clases proletaria (… [Por consiguiente:]) Quien defiende la consigna de cultura nacional no tiene cabida entre los marxistas, su lugar está entre los pequeños burgueses
      nacionalistas” (pp. 30, 27, 29).
      En cuanto a Rosa Luxemburgo, escribe en “El derecho de las naciones a la
      autodeterminación”:
      “En una sociedad de clases, ‘la nación’ como una entidad sociopolítica homogénea no existe. Lo que sí existe en cada nación son clases con intereses y ‘derechos’ antagónicos. No existe literalmente una sola esfera social (...) En el ámbito de las relaciones económicas, las clases burguesas representan los intereses de la explotación, y el proletariado los intereses del trabajo (...) En una sociedad así constituida no cabe hablar de una voluntad colectiva y uniforme, de la autodeterminación de la ‘nación’. Cuando en la historia de las sociedades modernas encontramos movimientos ‘nacionales’ y luchas a favor de ‘intereses nacionales’, suelen ser movimientos de clase de los estratos dirigentes de la burguesía (...)” (pp. 48-49).
      En el mismo trabajo, califica el nacionalismo de “reaccionario” y utópico, pues es “un intento general de dividir todos los estados existentes en unidades nacionales y delimitarlos según el modelo de estados y estaditos nacionales es una empresa sin esperanza y, desde el punto de vista histórico, reaccionaria” (p. 47). Por último, y para no abundar en citas de idéntico contenido, nos limitaremos a señalar que la misma posición se encuentra en Stalin, Trotski y muchos otros. Por ejemplo, para Stalin, otra faceta del nacionalismo “peligrosa para la causa del proletariado” es que:
      “Aparta la atención de grandes capas de la población de las cuestiones sociales, de los problemas de luchas de clase, enfocándola hacia las cuestiones ‘nacionales’, los problemas comunes al proletariado y a la burguesía. Y esto crea un terreno favorable para predicar la mentira de la ‘armonía de los intereses’, para diluir los del proletariado, para avasallar moralmente a los obreros. Así se levanta una seria barrera contra la obra de unificación de los obreros de todas las nacionalidades” (pp. 134-135)” (citado en Vilar, 1980, p. 134).
      Y en las siguientes palabras del marxista trotskista Isaac Deutscher queda muy bien reflejada la solidez con que debe comportarse un internacionalista para defenderse del nacionalismo, ese mórbido virus que ataca ya como una plaga al proletariado mundial:
      “Los socialistas deben ser internacionalistas incluso si sus clases trabajadoras no lo son; los socialistas deben entender el nacionalismo de las masas, pero solamente en la medida en que un médico comprende la debilidad o el malestar de su paciente. Los socialistas deben tener en cuenta el nacionalismo, pero, como las enfermeras,
      deben lavarse veinte veces las manos antes de acercarse a un área del movimiento obrero infectada por él” (citado en Savater, 1996, p. 52).

      lucien

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      Re: La cuestión nacional (con otros textos)

      Post  lucien on Fri Jul 11, 2008 6:11 am

      II. ¿Es posible un “nacionalismo de izquierda”?
      Debemos ahora prestar atención a otro hecho. Sabemos que Marx, Engels y Lenin sentían una profunda antipatía por todo tipo de nacionalistas. Pero no sólo era por los burgueses, sino con tanta o más claridad por los que se autocalificaban de “socialistas”. Toda forma de nacionalismo es tan burguesa y antiobrera que, por ejemplo para Engels, el actual “nacionalismo de izquierda” le habría parecido inconcebible, pues, de creer sus ideas, entonces el “País de Gales y los habitantes de la isla de Man tendrían, si así lo desearan, y por muy absurdo que parezca, el mismo derecho a la independencia nacional que los ingleses. Todo ello es un absurdo,
      disfrazado con atuendo popular, para echar arena a los ojos de gente ingenua y que se puede usar como frase de comodín o arrinconarlo, según lo requieran las ocasiones” (citado en Gárate, p. 129).
      Por eso, esa parte de la izquierda no es marxista en ningún caso por mucho
      que se considere a sí misma de esa guisa. Marx criticaba duramente a todos
      los socialistas, y en especial al socialista Lassalle, que eran nacionalistas y se
      apartaban así “de la línea internacionalista proletaria”. No obstante, algunos socialistas no marxistas, e incluso algunos de los que se consideraban marxistas, tenían planteamientos muy diferentes, como ocurría con buena parte de la II internacional, que tenía una posición menos férrea que la I en su defensa del internacionalismo. Para Lenin, estos “socialnacionalistas” eran simplemente “traidores”8, y su crítica no se limita al nacionalismo reaccionario y directamente burgués, sino también al “nacionalismo más sutil, más absoluto y más acabado”, supuestamente más progresista:
      “El marxismo no transige con el nacionalismo, aunque se trate del más ‘justo’, ‘depuradito’, sutil y civilizado. En lugar de todo nacionalismo, el marxismo propugna el internacionalismo (…), la fusión de todas las naciones en esa unidad superior que se va desarrollando en nuestra presencia con cada kilómetro de vía férrea, con cada trust internacional y con cada unión obrera (internacional por su actividad económica, y
      también por sus ideas y aspiraciones)” (p. 38)9.
      Pero lo anterior es compatible con la defensa leninista del “derecho a la autodeterminación”, que para él no es un derecho de todo aquel que lo reclame, sino un derecho que tienen exclusivamente los países coloniales o sometidos a la opresión por parte de otro. La esencia del pensamiento de Lenin es que hay que apoyar con todas las fuerzas el movimiento nacional dirigido a sacudirse el yugo que aprisiona a las naciones oprimidas, pero sólo en el caso de esas naciones oprimidas, no en los demás casos:
      “Sí, debemos luchar indiscutiblemente contra toda opresión nacional. No, no debemos luchar en absoluto por cualquier desarrollo nacional, por la ‘cultura nacional’ en general” (pp. 38-39).
      En primer lugar, debe estar claro en qué consiste el “derecho a la
      autodeterminación”:
      “Por autodeterminación de las naciones se entiende su separación
      estatal de las colectividades de otra nación, se entiende la formación de
      un Estado nacional independiente” (p. 98).
      Por tanto, se trata, por una parte, de “la reivindicación de liberación inmediata
      de las colonias, propugnada por todos los socialdemócratas revolucionarios”,
      exigencia “‘irrealizable’ en el capitalismo sin una serie de revoluciones” (p. 351).
      Por otra parte, el proletariado de la nación opresora debe apoyar la liberación
      del pueblo oprimido, pues ya Marx creía, “contrariamente a los proudhonistas
      que ‘negaban’ el problema nacional ‘en nombre de la revolución social’”, que “el
      pueblo que oprime a otros pueblos no puede ser libre” (p. 356). Pero repitamos
      que este “derecho a la autodeterminación”, que Lenin defiende tan
      tajantemente siempre, se refiere exclusivamente a las naciones oprimidas y las
      colonias, no a las naciones y nacionalidades en general. Y no cabe ninguna duda de esto si se lee directamente a Lenin, en lugar de remitirse o imaginarse tradiciones leninista de cualquier tipo:
      “Hay que distinguir tres tipos principales de naciones: Primero, los países capitalistas desarrollados de Europa Occidental y los Estados Unidos. En ellos han terminado hace mucho los movimientos nacionales burgueses de tendencia progresista. Cada una de estas ‘grandes’ naciones oprime a otras naciones en las colonias y dentro del país. Las
      tareas del proletariado de las naciones dominantes son allí exactamente las mismas que tenía en Inglaterra en el siglo XIX con relación a Irlanda.
      Segundo, el Este de Europa: Austria, los Balcanes y sobre todo Rusia (…) Las tareas del proletariado de esos países (…) no pueden ser cumplidas sin defender el derecho de las naciones a la autodeterminación (…) Tercero, los países semicoloniales, como China, Persia y Turquía, y todas las colonias (…) En ellos (…) los socialistas deben apoyar con la mayor decisión a los elementos más revolucionarios de los movimientos democráticos burgueses de liberación nacional” (pp. 357-358; cursivas mías).
      Por eso, cuando Lenin critica a los países opresores de Europa occidental acota con cuidado cuáles son los territorios oprimidos y cuáles no10. Por consiguiente, se exigen estrictas “condiciones” para que un marxista pueda “apoyar la reivindicación democrático burguesa del ‘Estado nacional’” en el caso de las colonias y las naciones oprimidas; y, antes que nada, “distinguir estrictamente dos épocas del capitalismo diferentes por completo (…) la época de la bancarrota del feudalismo y del absolutismo [y] por otra parte (…) una época en que los Estados capitalistas tienen ya su estructura acabada” (pp. 103-104). En el primer caso el nacionalismo de “la nación” que se levanta contra el Antiguo Régimen es progresista, pero en el segundo se trata de un movimiento reaccionario11.
      La conclusión final es evidente: Lenin no defiende un derecho indiscriminado a la autodeterminación, sino ese derecho en los casos delimitados ya comentados y en especial en el caso ruso. La lucha por “la liberación nacional
      debe ser apoyada por el proletariado”, pero con mucha precaución: tiene que
      tratarse de una “lucha contra los privilegios y violencias de la nación opresora”,
      pero al mismo tiempo una lucha que no muestre “ninguna tolerancia con el afán
      de privilegios de la nación oprimida” (pp. 112-115). Es decir, el proletariado no
      debe negar el derecho a la autodeterminación de las naciones oprimidas, pero
      tampoco apoyar “todas las reivindicaciones nacionales de la burguesía de las
      naciones oprimidas” (p. 128).

      III. Crítica del nacionalismo de izquierda español.
      -> Leer el pdf: http://www.ucm.es/info/ec/jec10/ponencias/105DiegoGuerrero.pdf

      JM Delgado

      Number of posts : 731
      Group : Democracia Comunista Internacional-Organización marxista luxemburguista
      Location : Metalúrgico
      Registration date : 2008-06-20

      El final del autoderminismo wilsoniano-leninista

      Post  JM Delgado on Wed Jul 16, 2008 7:11 am

      Tomo el predicado de famoso derecho de autodeterminación de este post de Eric Hobsbawm, bien conocido, predicado muy ajustado a la realidad histórica del uso y "disfrute" del tal derecho universal. Creo que al dia de hoy, y vista tanto las denuncias de la legitimidad del uso universal de este derecho por Petras (muchismo mas cauto, menos omnicoimprehensivo, en sus usos en el derecho internacional público ) como las denuncias de su uso por el Imperio USA en América Latina, en la ex-Yugoslavia, como en Iraq, aparece con toda claridad su cuestionamiento en tanto que derecho universal aplicable urbi et orbi según la receta trotsko-leninista, por donde se infiere que su defensa ya es una cuestión casusística, y para nada ya un derecho "democrático" y para los comunistas solo puede y debe ser defendido en orden a su inserción en una estrategia antiimperialista y pro-socialista.

      Les queda a los trotskos de cualquier signo explicar porqué la "balcanización" de America latina y de Oriente es rechazable y NO ASI LA DE EUROPA Y LA DE ESPAÑA.

      Saludos: JM.

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      Re: La cuestión nacional (con otros textos)

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