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      Alemania impone “reparaciones de guerra” al resto de Europa

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      JM Delgado

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      Group : Democracia Comunista Internacional-Organización marxista luxemburguista
      Location : Metalúrgico
      Registration date : 2008-06-20

      Alemania impone “reparaciones de guerra” al resto de Europa

      Post  JM Delgado on Sun Jan 29, 2012 3:08 am

      <blockquote>l</blockquote>Alemania impone “reparaciones de guerra” al resto de Europa | ATTAC Mallorca

      Al acabar la Primera Guerra Mundial, el Tratado de Versalles de 1919
      hizo responsable a Alemania de “todos los daños y pérdidas” causados
      como consecuencia del conflicto y en su virtud le obligó a hacer frente a
      “reparaciones” millonarias que, después de diversos aplazamientos y
      anulaciones, terminó de pagar en octubre de 2010.

      Muchos economistas y políticos de la época, y entre ellos el más famoso
      de entonces, John Maynard Keynes, mostraron que era imposible que
      Alemania pudiera pagar esas reparaciones sin empobrecerse trágicamente y
      sin que así se ocasionasen problemas peores que los que se trataba de
      resolver. E hicieron ver que incluso sería mucho más útil para los
      propios aliados promover el desarrollo de la industria y el comercio en
      Alemania que obligarle a hacer frente a unas cantidades que estaban
      completamente fuera de su mermada capacidad de pago. Con dramática
      lucidez, el economista inglés advirtió en su libro Las consecuencias
      económicas de la paz, que “si nosotros aspiramos deliberadamente al
      empobrecimiento de la Europa central, la venganza, no dudo en
      predecirlo, no tardará”. Así fue.

      Años más tarde, las cosas han cambiado mucho. La puesta en marcha del
      euro a pesar de que se sabía que la unión monetaria estaba mal diseñada,
      que no contaba con suficientes mecanismos e instituciones de
      compensación y reequilibrio y que las perturbaciones y los shocks
      asimétricos iban a ser constantes, inició una especie de guerra
      económica que esta vez ha ganado Alemania pero, al final, a costa de
      sufrir también las consecuencias negativas de todo tipo que siempre
      están asociados a los conflictos que provocan las estrategias de
      ocupación.

      Desde que se creó, Alemania ha impuesto su norma como potencia de
      economía abierta al resto de los países y especialmente a los del sur
      europeo. A cambio de ayudas generosas que se venden a su población como
      si no tuviese contrapartidas, Alemania ha venido colonizando las
      economías periféricas, bien por la vía directa de la adquisición de
      activos, convirtiéndolas en importadoras masivas de sus productos, o
      mediante la financiación del endeudamiento continuado que los déficits
      en los que necesariamente incurrían lógicamente provocaban.

      Antes de la creación del euro, los países menos competitivos, como
      España, se defendían periódicamente de la agresión comercial de los más
      fuertes, o de su propia debilidad estructural, devaluando sus monedas y
      tomándose así un respiro que les permitía mantener mal que bien su
      tejido productivo y el equilibro exterior. Con la moneda única, y al
      carecer de esta estrategia defensiva, la potencia exportadora alemana ya
      no ha tenido barreras (al contrario que le ha ocurrido a los productos
      de la periferia en centroeuropa) lo que debilitó poco a poco la
      industria y, en general, la producción nacional en la periferia. Así se
      iba gestando un gran superávit en Alemania paralelo al déficit de los
      países periféricos.

      De 2002 a 2010 este proceso generó un excedente de 1,62 billones de
      euros en Alemania, de los cuales solo 554.000 se aplicaron en su propio
      mercado interno para mejorar su dotación de capital o las condiciones de
      vida de su población. El resto, 1,07 billones se colocó fuera de
      Alemania, y de esta parte 356.000 en forma de préstamos y créditos para
      financiar un modelo productivo en la periferia que, lógicamente, no
      fuera el que pudiera competir con el alemán. La teoría y la historia
      económicas nos han enseñado que no podía ser de otra manera: la
      existencia de una potencia exportadora como la alemana de estos años
      solo es posible si al mismo tiempo que exporta financia. Tiene que ser
      así porque, en el marco ya cerrado de una economía como la europea (o
      del planeta si nos referimos al conjunto de la economía mundial) para
      que unos tengan superávit otros han de tener déficits y éstos han de
      financiarlos, evidentemente, quienes disponen de excedentes a su costa.

      Este estado de cosas, esta “guerra”, ha ido siendo claramente exitosa
      para las grandes corporaciones centroeuropeas que se han hecho con los
      mercados que antes les estaban vedados, para los exportadores alemanes, y
      para los bancos que han obtenido grandes beneficios financiando la
      deuda creciente de una periferia con cada vez menos capacidad de generar
      recursos endógenos, puesto que la potencia exportadora en realidad ha
      de fagocitarlos para poder seguir manteniendo su privilegio exportador.

      A pesar de que este estado de cosas era muy claramente perjudicial para
      los intereses nacionales de países como España, Italia, Irlanda, Grecia…
      o incluso me atrevería a decir que de Francia, las élites respectivas
      lo aceptaron como punto de partida y lo han apoyado puesto que los
      grandes beneficios de las multinacionales que los estaban colonizando y
      de los bancos que nadaban en dinero gracias a la deuda gigantesca que se
      generaba producía un efecto “derrame” suficientemente cuantioso como
      para financiar generosamente a los partidos y a las oligarquías
      económicas locales y que gracias a ello se han ido así armando con un
      poder político cada vez más decisivo.

      El problema que conlleva un equilibrio de esta naturaleza, tan
      asimétrico, es que antes o después termina cayendo porque se acaba la
      capacidad de endeudarse, porque el empobrecimiento efectivo y continuado
      es insostenible o porque se produzcan impactos externos que agudicen
      las asimetrías sin que haya, como ocurre en la Unión Europea,
      suficientes resortes de reequilibrio.

      Así, lo que ahora tenemos sobre la mesa en Europa es un problema
      irresoluble sin cirugía mayor. Alemania ha financiado, en lugar de su
      propio desarrollo interno y el bienestar de sus ciudadanos o una
      integración más solidaria entre las economía europeas, un modelo
      productivo entre su “clientela” que no permite a ésta serlo
      indefinidamente. Cuando se ha producido un impacto externo como la
      crisis financiera, se ha reducido la demanda en la periferia, ha debido
      aumentar el déficit público a costa del privado, que en mayor parte ha
      de destinarse a financiarlo, reduciéndose entonces los déficit que
      engordan el superávit alemán y disminuyendo la capacidad de pago de la
      deuda contraída.

      Alemania teme ahora haber financiado a unos clientes que al final puede
      resultar que no hagan frente a sus deudas y ese miedo le empuja a seguir
      por un camino terrible y claramente equivocado que es el que recuerda
      las reparaciones a las que ella misma tuvo que hacer frente durante
      tanto tiempo.

      La derecha política alemana y sus grupos de poder económico se empecinan
      en hacer creer, y en creerse ellos mismos, que la causa de ese peligro
      es el mal comportamiento de sus socios a cuyos gobiernos tilda de
      manirrotos (a pesar de que, como en España, hayan incurrido en menos
      incumplimientos fiscales que la propia Alemania) y a cuyos ciudadanos
      acusa de haber vivido por encima de sus posibilidades. Y esa creencia le
      lleva a imponer las nuevas “reparaciones” en forma de programas de
      austeridad (mal llamados de austeridad, como ya he escrito en varias
      ocasiones porque solo se centran en recortar los gastos vinculados al
      bienestar social para abrir la puerta a la provisión privada) que, como
      ocurrió hace poco menos de un siglo, provocaron un efecto perverso del
      que quizá todavía estamos pagando sus consecuencias. No podrá ser de
      otro modo porque imponer el empobrecimiento y la recesión a los demás
      pueblos no podrá evitar, como dijo Keynes entonces, que antes o después
      se produzca la venganza. En el mejor de los casos, en forma de
      desintegración europea que igualmente pagará la propia Alemania. Y en el
      peor, más vale ni siquiera pensarlo
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