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    Luxemburgo y la IV Internacional

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    Moncho_Hilferding

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    Luxemburgo y la IV Internacional

    Post  Moncho_Hilferding on Sun Apr 12, 2009 10:11 am

    Compañeros, me gustaría presentar este texto a debate.Dado que no es muy conocido, creo que será bastante interesante su lectura y posterior crítica(entiendo que muchos de los foreros no vais a estar de acuerdo con muchas apreciaciones del mismo). Es bastante breve, os animo a todos a leerlo.

    http://www.elmilitante.org/content/view/5283/1/

    ¡Salud!

    JM Delgado

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    Re: Luxemburgo y la IV Internacional

    Post  JM Delgado on Mon Apr 13, 2009 4:21 am

    El texto sí es muy conocido, y manifiestamente prescindible, pero, solo por contrabalancear un poco, ahí queda otro, este sí bastante menos conocido: Paul Mattick, teórico del comunismo de consejos, sobre el propio Trotsky, va en varios post por ser muy grande

    [quote]León Trotsky

    Fuente: Living Marxism, 1940.
    Traducido del inglés por Roi Ferreiro para el CICA, última revisión julio del 2005

    Con Léon Trotsky falleció el último de los grandes dirigentes del bolchevismo. Fue su actividad durante los últimos quince años la que mantuvo vivo algo del contenido original de la ideología bolchevique -la gran arma para transformar la Rusia atrasada en su forma capitalista de Estado actual-.

    Como todos los hombres son más sabios en la práctica que en la teoría, así también Trotsky alcanza mucha más importancia por sus logros que a través de las racionalizaciones que los acompañaron. Cercano a Lenin, él fue sin duda la mayor figura de la Revolución rusa. Sin embargo, la necesidad de dirigentes como Lenin y Trotsky, y el efecto que estos dirigentes tenían, trae a luz la total impotencia de las masas proletarias para solventar sus propias necesidades efectivas frente a una situación histórica inmadura e implacable.

    Las masas tuvieron que ser dirigidas; pero los dirigentes sólo podían dirigir de acuerdo con sus propias necesidades. La necesidad de una dirección del tipo practicado por el bolchevismo no indica, finalmente, otra cosa que la necesidad de disciplinar y aterrorizar a las masas, de modo que puedan trabajar y vivir en armonía con los planes del grupo social dominante. Este tipo de dirección demuestra, en sí mismo, la existencia de relaciones de clase, de política y economía de clase, y una oposición irreconciliable entre los dirigentes y los dirigidos. La personalidad sobreencumbrada de Leon Trotsky revela el carácter no proletario de la Revolución bolchevique justamente como el Lenin momificado y deificado en el Mausoleo de Moscú.

    Para que unos cuantos puedan dirigir, los otros deben estar impotentes. Para ser la vanguardia de los obreros, la élite tiene que usurpar todas las posiciones sociales clave. Como la burguesía antiguamente, los nuevos dirigentes tenían que tomar y controlar todos los medios de producción y de destrucción. Para sostener su mando y mantenerlo eficaz, los dirigentes deben fortalecerse constantemente a sí mismos mediante la expansión burocrática, y dividir continuamente a los gobernados. Sólo los amos pueden ser los dirigentes.

    Trotsky era un amo de ese tipo. Al principio era el propagandista hábil, el gran e incansable orador, estableciendo su posición dirigente en la revolución. Luego se convirtió en el creador y amo del Ejército Rojo, luchando contra la Derecha y la Izquierda, luchando por el bolchevismo, que también esperaba dominar. Pero aquí fracasó. Cuando los dirigentes hacen historia, aquéllos que son dirigidos ya no cuentan; pero tampoco desaparecen. Confiando en la fuerza de los grandes espectáculos históricos, Trotsky negligió ser, tras las escenas del desarrollo burocrático, el oportunista eficiente que era a la vista de la historia mundial.

    Hoy los grandes hombres ya no son necesarios. Los instrumentos de propaganda modernos pueden transformar cualquier fraude en un héroe, cualquier personalidad mediocre en un genio omnicomprensivo. Efectivamente, la propaganda transforma, a través de sus esfuerzos colectivos, cualquier dirigente medio, si no estúpido, como Hitler y Stalin, en un gran hombre. Los dirigentes se convierten en símbolos de una voluntad organizada, colectiva y realmente inteligente, para mantener las instituciones sociales dadas. Fuera de Rusia, Trotsky fue pronto reducido a amo de una pequeña secta de revolucionarios profesionales y sus proveedores. Él era “el Viejo", la autoridad indiscutible de un crecimiento artificial en la escena política, destinado a acabar en la absurdidez. Hacerse el amo de una Cuarta Internacional, cuando su adversario Stalin era el amo de la Tercera, siguió siendo la ilusión con la que murió.

    No hay aquí necesidad alguna de desandar el desarrollo individual de Trotsky; su autobiografía es suficiente. Ni es necesario enfatizar sus muchas cualidades, literarias y de otro tipo. Sus obras, y sobre todo su Historia de la Revolución Rusa, inmortalizará su nombre como escritor y político. Pero hay una necesidad real de oponerse al desarrollo de la leyenda de Trotsky, que hará de este dirigente de la revolución capitalista de Estado rusa un mártir de la clase obrera internacional -una leyenda que debe ser rechazada, junto con todos los demás postulados y aspectos del bolchevismo-.

    Louis Ferdinand Céline ha dicho que las revoluciones deben juzgarse veinte años después. Y haciendo esto, encontró sólo palabras de condena para el bolchevismo. A nosotros, sin embargo, nos parece que una reevaluación del bolchevismo en la actualidad podría bien hacerse sin ninguna clase de moralización. En retrospectiva, es bastante fácil ver en el bolchevismo el principio de una nueva fase de desarrollo capitalista, que se inició con la I Guerra Mundial. Sin duda, en 1917, Rusia era el eslabón más débil en la estructura capitalista mundial. Pero el conjunto del capitalismo en su forma de propiedad privada estaba ya al borde del estancamiento. Erigir y expandir un sistema económico factible del tipo del laissez-faire ya no era posible. Sólo la fuerza del centralismo completo, del gobierno dictatorial sobre el conjunto de la sociedad, podía garantizar el establecimiento de un orden social explotador capaz de una expansión de la producción a pesar del declive del capitalismo mundial.

    [quote]

    JM Delgado

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    Re: Luxemburgo y la IV Internacional

    Post  JM Delgado on Mon Apr 13, 2009 4:22 am

    No puede haber duda de que los dirigentes bolcheviques, creando su estructura capitalista de Estado -que se ha convertido, en veinte años, en el ejemplo de la evolución ulterior de todo el mundo capitalista- estaban profundamente convencidos de que su construcción era conforme a las necesidades y deseos de su propio proletariado y del proletariado mundial. Incluso cuando encontraron que no podrían alterar el hecho de que su sociedad continuaba estando basada en la explotación del trabajo, buscaron alterar el significado de este hecho ofreciendo como excusa una teoría que identificaba la dominación de los dirigentes con los intereses de los dirigidos. La fuerza motora del desarrollo social en la sociedad de clases -la lucha de clases- fue teóricamente suprimida; pero, prácticamente, tenía que desarrollarse un régimen autoritario, enmascarado como la dictadura del proletariado. En la creación de este régimen, y en el esfuerzo por camuflarlo, Trotsky ganó la mayoría de sus laureles. Él se durmió en esos laureles hasta el mismísimo último momento. Sólo es necesario fijarse en el eminente papel que Trotsky jugó en los primeros años estrepitosos de la Rusia bolchevique para entender por qué no podía admitir que la revolución blochevique únicamente fue capaz de cambiar la forma del capitalismo, pero no pudo suprimir la forma capitalista de explotación. Era la sombra de ese periodo lo que oscureció su entendimiento.

    En el atraso general que prevalecía en la Rusia zarista, la Intelectualidad tenía pocas oportunidades para mejorar su posición. El talento y la capacidades de las clases medias educadas no encontraban ninguna realización en esta sociedad en estancamiento. Más tarde esta situación encontró su paralelo en las condiciones de la clase media en Italia y Alemania después de Versalles y en pos de la siguiente crisis mundial. En los tres países, y en ambas situaciones, la Intelectualidad y amplias capas de las clases medias se politizaron y se convirtieron en contrapeso del declinante sistema económico. En la búsqueda de ideologías útiles como armas, y en la búsqueda de aliados, todas tenían que apelar a la capa proletaria de la sociedad, y a todos los demás elementos descontentos. La dirección del movimiento bolchevique, tanto como la de los movimientos fascistas, no era proletaria, sino de clase media: el resultado de la frustración de los intelectuales bajo las condiciones de estancamiento y atrofia económicos.

    En Rusia, antes de 1917, una ideología revolucionaria se desarrolló con la ayuda del socialismo occidental -con el marxismo-. Pero la ideología sirvió sólo al acto de la revolución, nada más. Tuvo que ser alterada continuamente y reencajada para servir a las necesidades en desarrollo de la revolución capitalista de Estado y sus beneficiarios. Finalmente, esta ideología perdió toda conexión con la realidad y sirvió como religión, un arma para mantener a la nueva clase dominante.

    Con esta ideología, la Intelectualidad rusa, apoyada por los obreros ávidos, pudo tomar el poder y sostenerlo debido a la desintegración de la sociedad zarista, la amplia brecha social entre campesinos y obreros, la conciencia proletaria subdesarrollada y la debilidad general del capitalismo internacional después de la guerra. Llegando al poder con la ayuda de una ideología marxiana rusificada, Trotsky, después de perder el poder, no tenía más elección que mantener la ideología revolucionaria en su forma original contra la degeneración del marxismo a la que se entregaban los estalinistas. Él podía permitirse este lujo, pues había escapado a las férreas consecuencias del sistema social que había ayudado a producir. Ahora él podía llevar una vida de dignidad, es decir, una vida de oposición. Pero si hubiese sido devuelto repentinamente al poder, sus acciones no podrían haber sido otras que las de Stalin que tanto despreciaba. Después de todo, este último es él mismo no más que la criatura de las políticas de Lenin y Trotsky. Es un hecho que los "estalinistas", como tipo particular, son -mientras son controlables- justo el tipo de hombres que dirigentes como Lenin y Trotsky necesitan y aman más. Pero a veces el gusano se revuelve. Aquellos subalternos bolcheviques, elevados a posiciones de poder, entienden con la mayor plenitud que la única garantía de seguridad descansa en el encarcelamiento, el exilio y el asesinato.

    En 1925, los métodos opresivos no estaban tan avanzados para asegurar el poder absoluto del gran líder. Los instrumentos dictatoriales estaban todavía obstaculizados por las tradiciones del capitalismo democrático. La Dirección siguió después de la muerte de Lenin; ya no estaba el Líder. Aunque Trotsky fue forzado al exilio, la inmadurez de la forma autoritaria de gobierno le perdonó la vida durante quince años. Pronto podrían ser facilmente destruídas las viejas y nuevas oposiciones al gobierno de Stalin. El éxito arrollador de Hitler en la “noche de los cuchillos largos", cuando exterminó con un golpe atrevido a toda la oposición efectiva contra él, enseñó a Stalin la manera de ocuparse de sus propios problemas. Quienquiera que fuese sospechoso de, en un momento u otro, haber abrigado ideas desagradables al gusto de Stalin y al gobierno absoluto, quienquiera que, debido a sus capacidades críticas, era sospechoso de ser capaz en el futuro de alcanzar los oídos ansiosos de los desvalidos y decepcionar a los burócratas, era eliminado. Esto no se hizo a la manera nibelunga en que los fascistas alemanes se libraron de Roehm, Strasser y sus seguidores, sino de la manera oculta, intrigante, cínica de los Juicios de Moscú, para aprovecharse incluso de la muerte de los opositores potenciales para la mayor gloria del líder omnímodo y querido, Stalin. El aplauso de aquéllos que tomaban las oficinas que quedaban vacias por los asesinados estaba asegurado. Hacer que las amplias masas aceptaran alegremente el fin miserable de los "viejos bolcheviques", fue meramente un trabajo para el ministro de propaganda. Así, la totalidad de Rusia, no sólo el grupo burocrático dirigente, remató a los "traidores a la patria de los trabajadores".

    Aunque celebrando en secreto la muerte de Trotsky en fiestas de estudio, los defensores del estalinismo, con candidez conmovedora, preguntarán por qué Stalin debería estar interesado en deshacerse de Trotsky. Despues de todo, ¿qué daño podría hacer Trotsky al poderoso Stalin y su gran Rusia? Sin embargo, una burocracia capaz de destruir miles de libros porque contienen el nombre de Trotsky, de reescribir y reescribir de nuevo la historia para borrar cada logro de la oposición asesinada, una burocracia capaz de poner en escena los Juicios de Moscú, ciertamente es también capaz de contratar a un asesino, o de encontrar un voluntario para silenciar a la única voz discordante en una, por otra parte, perfecta armonía de alabanzas para la nueva clase dominante en Rusia. La autoexaltada identificación con su líder del último paria del Partido Comunista, el fanatismo idiota desplegado por estas gentes cuando el espejo de la verdad se sostiene ante sus ojos, no permite sorpresa alguna ante el asesinato de Trotsky. Sólo es sorprendente que él no fuese asesinado antes. Para entender el asesinato de Trotsky, sólo es necesario observar el mecanismo y el espíritu de cualquier organización bolchevique, la de Trotsky incluída.

    ¿Qué daño podría hacer Trotsky? Precisamente porque él no estaba dispuesto a dañar a su Rusia y a su Estado obrero, era tan intensamente odiado por la burocracia bolchevique. Por la misma razón que los trotskistas, en los países donde tenían una posición establecida, no estaban dispuestos a cambiar en lo más mínimo el instrumento del partido inventado por Lenin, que su espíritu seguía siendo el espíritu del bolchevismo, eran odiados por los propietarios de los distintos Partidos Comunistas.

    Los pasos rápidos de la historia hacen posible cualquier imposibilidad aparente. Rusia no es inmune a los vastos cambios de las experiencias mundiales actuales. En un mundo que se tambalea, todos los gobiernos se vuelven inseguros. Ninguno sabe donde golpeará luego el huracán. Cada cual tiene que contar con todas las eventualidades. Debido a que Trotsky insistió en defender la herencia de 1917, debido a que él seguía siendo el bolchevique que vió en el capitalismo de Estado la base para el socialismo y en la dominación del partido la dominación de los obreros, debido a que él no quería otra cosa que el reemplazo de Stalin y de la burocracia que le apoyaba, era realmente peligroso para el último.

    Que él tuviese otros argumentos, tales como ese de la "revolución permanente” contra la consigna del “socialismo en un sólo país”, etc., es más bien insignificante, porque la permanencia de la revolución, así como el aislamiento de Rusia, no depende de consignas y decisiones políticas, sino de realidades sobre las cuales incluso el partido más poderoso no tiene control. Tales argumentos sólo sirven para disfrazar los intereses completamente ordinarios por los que luchan los partidos políticos.

    Fue el carácter no revolucionario de las políticas de Trotsky con respecto a la escena rusa lo que le hizo tan peligroso. La burocracia rusa sabe bastante bien que la presente situación mundial no es dada a cambios revolucionarios de acuerdo con los intereses del proletariado mundial. Los dictadores y los burócratas piensan en términos de dictadura y burocracia. Son los pretendientes al trono lo que temen, no la chusma de la calle. Napoleón encontró fácil controlar a cualquier muchedumbre insurrecta; encontró mucho más difícil tratar con las maquinaciones de Fouché y Talleyrand. Un Trotstky, mientras viviese, podría ser llamado otra vez con la ayuda de las capas más bajas de la burocracia rusa siempre que surgiese un momento oportuno. La oportunidad de reemplazar a Stalin, de triunfar finalmente, dependía de que Trotsky restringiera su crítica a la persona de Stalin, a su hosquedad brutal, a las nauseabundas actitudes de nuevos ricos de los satélites de Stalin. Él comprendió que sólo podría volver al poder con la ayuda de la mayor parte de la burocracia, que podría tomar de nuevo su asiento en el Kremlin sólo siguiendo a una revolución de palacio, o a un exitoso putsch de Roehm. Era demasiado realista -a pesar de todo el conveniente misticismo de su programa político- para no comprender la tontería de un apelo a los obreros rusos, esos obreros que deben haber aprendido ahora a ver en sus nuevos amos sus nuevos explotadores, y a tolerarlos sin miedo y necesidad. No tolerar y no aprobar la nueva situación significa renunciar a la oportunidad de mejorar la propia situación de uno; y mientras tanto la economía rusa esté expandiéndose, las ambiciones y la apología individuales dominarán a los individuos. Los gorrones se aprovechan de una situación que perciben que está más allá de su poder alterar. Precisamente porque Trotsky no era un revolucionario, sino meramente un competidor por la dirección bajo las condiciones rusas existentes -siempre listo para seguir el llamado de una burocracia en reorganización si fuese que una crisis nacional exigiese la abdicación de Stalin-, se volvió crecientemente más peligroso para la camarilla gobernante actual, comprometida como lo está en nuevas y vastas aventuras imperialistas. El asesinato de Trotsky es una de las muchas consecuencias del renacimiento del imperialismo ruso.

    Hoy el bolchevismo se alza revelado como la fase inicial de un gran movimiento que, esperando perpetuar la explotación capitalista, está de modo lento pero seguro abarcando todo el mundo y transformando la economía de la propiedad privada, que ya no funciona, en grandes unidades capitalistas de Estado. El gobierno del comisario bolchevique encuentra su conclusión lógica en las dictaduras fascistas que se extienden por el globo. Justamente tan poco como Lenin y Trotsky supieron lo que estaban haciendo realmente cuando estaban luchado por el socialismo, justo tan poco saben hoy Hitler y Mussolini lo que están haciendo luchando por una Alemania mayor y el Imperio romano. En el mundo tal y como es, hay una amplia diferencia entre lo que los hombres quieren hacer y lo que ellos están realmente haciendo. Los hombres, aunque grandes, son muy pequeños ante la historia, que va por delante de ellos y siempre les sorprende de nuevo con los resultados de sus propios sorprendentes esquemas.

    En 1917, Trotsky supo tan poco como lo supimos nosotros mismos que la revolución bolchevique tendría que acabar en un movimiento internacional fascista* y en la preparación y ejecución de otra guerra mundial. Si hubiese conocido la tendencia del desarrollo, o bien habría sido asesinado hace veinte años, o bien él ocuparía hoy el lugar de Stalin. Siendo así, él acabó como una víctima de la contrarrevolución fascista contra la clase obrera internacional y la paz mundial.

    No obstante, a pesar del hecho de que Stalin asesinó a Trotsky, a pesar del desplazamiento de todas las formas de bolchevismo por el fascismo, una evaluación final del papel histórico de Trotsky tendrá que colocarle en línea con Lenin, Mussolini, Stalin y Hitler, como uno de los grandes dirigentes de un movimiento mundial que intentaba, a sabiendas y no a sabiendas, prolongar el sistema de explotación capitalista con los métodos inventados primero por el bolchevismo, luego completados por el fascismo alemán, y finalmente glorificados en la carnicería general que ahora estamos experimentando. Después de eso, el movimiento obrero puede empezar.

    Digitalizado a formato web por
    Círculo Internacional de Comunistas Antibolcheviques

    * Aquí Mattick parece hacer referencia a que, como expusiera Otto Rühle «La lucha contra el fascismo comienza con la lucha contra el bolchevismo», publicado en la revista diriga por él Living Marxism, Vol. 4, nº 8 de septiembre de 1939. En este artículo Rühle defiende la que después se convertirá en la tesis mayoritaria del comunismo de consejos: que el bolchevismo y el fascismo son parte de un mismo movimiento mundial contrarrevolucionario que hunde sus raíces en la necesidad de fortalecer la dominación sobre el proletariado ante el agotamiento histórico del capitalismo, y cuyo modelo económico sería el capitalismo de Estado en distintas formas -adecuadas a los niveles de desarrollo hisstóricos de las fuerzas productivas en cada país-. Más tarde, en los 60, Mattick se orientará a rechazar la generalización del concepto de capitalismo de Estado para las formas de "economía mixta" de los países avanzados occidentales, pero esto no nos incumbe aquí. (Nota del traductor)


    Círculo Internacional de Comunistas Antibolcheviques

    cica_web@yahoo.com [/quote]

    JM Delgado

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    Re: Luxemburgo y la IV Internacional

    Post  JM Delgado on Mon Apr 13, 2009 4:26 am

    Pego aquí mi comentario al texto de T. sobre R L.

    El articulo de Trotsky sobre Rosa no vale nada, es la clásica actitud de incorporarsela, seguramente prototipo y "plantilla" de la actitud posterior de los trotskistas respecto de Rosa, esto es recuparar su biografia a costa de su obra, soslayar y ocultar su incompatibilidad con el bolchevismo, en algo tan esencial como la concepción del partido - su critica al centralismo leninista - en relación, también, con el Proletariado, es decir CONTRA la concepción Kaustsy-Lenin expresada en el "¿Que hacer?", incompatibilidad estratégica también en relación con la implementación del nacionalismo (pese a las protestas en contrario de Lenin y Trotsky) por Lenin y epígonos del llamado "derecho de autodeterminación nacional" . El sustituismo del proletariado como agente histórico del proceso revolucionario por "el Partido", al mismo tiempo que se complementaba con el apenas vergonzante "reconocimiento" de las "energias" ¿revolucionaria? del NACIONALISMO, pretendidamente encauzado, controlado, redirigido, a través del archiproclamado "derecho de autodeterminacion de los pueblos" aleja al leninismo del marxismo ya desde sus propios origenes, así pues, el stalinismo se hallaba ya inserto en el código genético del leninismo, y el trotskismo no deja de ser un primo hermano al que el aire de familia se le nota mas de lo que de sí mismo afrirma. ¿Rosa recuperada por la IV Internacional? no es que sea de risa, que lo es, es que pone de manifiesto la concepción trotkista de la necesidad imperiosa DE QUE SEA UN ÚNICO PARTIDO EL FACTÓTUM DEL SOCIALISMO, guía y vanguardia de las masas proletarias. Ya conocía esa papema de T. sobre Rosa, ¡como también conocemos la critica a Trotsky de Paul Mattick! que, aún siendo tan extemporánea como la de referencia, es mucho mas ajustada a los hechos históricos. Salud. JM.

    Atreides

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    Re: Luxemburgo y la IV Internacional

    Post  Atreides on Wed Apr 15, 2009 3:32 am

    Sur le "Spartacus francés", que Trotsky dénigre dans cet article :

    http://bataillesocialiste.wordpress.com/2008/12/17/rene-lefeuvre-et-le-groupe-spartacus-1934-1935/

    Moncho_Hilferding

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    Re: Luxemburgo y la IV Internacional

    Post  Moncho_Hilferding on Tue May 26, 2009 2:50 am

    El texto de Paul Mattick requiere una crítica mucho más extensa por mi parte de lo que aquí expondré. Dejaré esto para otro momento en el que tenga más tiempo (ahora estoy en clase en la facultad, la estoy aprovechando de muerte xD).Sólo diré que, personalmente, encuentro muchísimas diferencias teóricas entre el pensamiento de Rosa y el de Mattick, y que encuentro, a la primera, mucho más cerca (con todos los reparos posibles) del bolchevismo, que de los ultraizquierdistas del tipo Mattick, Gorter,etc. Centraré mi comentario en tu texto personal.


    en algo tan esencial como la concepción del partido - su critica al centralismo leninista -

    Veamos. La concepción de partido de Lenin, así como la de Rosa, son diferencias teóricas importantes, pero, al fin y al cabo, dos medios distintos para alcanzar el mismo fin. Nuestro objetivo es la Dictadura revolucionaria del proletariado, y para ello debemos elegir el modelo de partido que creamos, mejor y más rápido nos puede conducir al fin. Pero aquí es necesario sacar a colación otra frase tuya:

    CONTRA la concepción Kaustsy-Lenin expresada en el "¿Que hacer?",

    Posiblemente no haya una obra en la historia de las ideas marxistas que haya sido tan maltratada como ¿Qué hacer? de Lenin.Esta obra estaba ideada como un ajuste de cuentas final con los economicistas y, por lo tanto, tiene un corte extremadamente polémico en todo su contenido. Sin duda, tiene muy idessas muy importantes, no obstante, también tiene un grave defecto debido a un lapso teórico. Lenin, al tiempo que polemizaba correctamente contra la adoración servil de los economicistas a la "espontaneidad", cayó en el error de exagerar una idea correcta y convertirla en su contrario. En particular, afirma que la conciencia socialista "sólo podía ser introducida (a los trabajadoress) desde fuera.

    Esta caracterización errónea de la relación de la clase trabajadora y la conciencia socialista no era una invención original de Lenin, sino tomada prestada directamente de Kautsky, como tú bien dices.

    Es verdad que la teoría marxista, la expresión más elevada de la conciencia socialista, no fue un producto espontáneo de la clase obrera, sino que es el producto de lo mejor que ha sido logrado por el pensamiento burgués, en la forma de la filosofía alemana, la economía política clásica inglesa y el socialismo francés. No obstante, no es verdad que el proletariado, por sí mismo, sólo sea capaz de alcanzar el nivel de conciencia sindical.Una década antes de que El Manifiesto Comunista viese la luz del día, la clase obrera británica, a través del cartismo, había ido mucho más allá de los límites de una conciencia meramente sindical, pasando de la idea de reformas parciales y peticiones a la idea de una huelga general ("la gran vacación nacional") e, incluso, insurrección armada (los Physical Force Men, el levantamiento de Newport). Igualmente, los obreros y las obreras de París lograron —sin la presencia de un partido marxista consciente a su cabeza— tomar el poder, aunque sólo fuese durante unos meses, en 1871. De la misma forma, la idea de los soviets fue la creación espontánea del proletariado ruso durante la Revolución de 1905.

    Pero evidentemente, los leninistas no negamos la importancia del facotr subjetivo. Toda la historia del movimiento de la clase obrera internacional muestra que el proletariado necesita un partido y una dirección revolucionarios para tomar el poder. Pero el factor subjetivo no puede crearse por "generación espontánea". No se puede improvisar cuando surge la necesidad. Tiene que prepararse meticulosamente con antelación en un período de años, o quizás de décadas.

    Una y otra vez, la clase trabajadora ha demostrado en la práctica que tiende a moverse hacia la toma del poder. Como explicó Trotsky, el proletariado español pudo haber realizado diez revoluciones en el período de 1931 a 1937. En el verano de 1936, los trabajadores de Cataluña, una vez más sin la ventaja de una dirección marxista, aplastaron al ejército fascista y, en la práctica, tenían el poder en sus manos. Si no lograron organizar un Estado obrero y consolidar el control del poder, extendiendo la revolución al resto de España, no fue por su culpa sino por la responsabilidad de los dirigentes anarquistas y sindicalistas de la CNT-FAI y del POUM. Los dirigentes obreros, al negarse a terminar con los restos del Estado burgués y organizar un nuevo poder estatal obrero basado en soviets de fábricas y en diputados de las milicias elegidos democráticamente, firmaron la sentencia de muerte de la revolución española. En todo caso, lo que ocurrió en Cataluña y en otras partes de España en 1936 fue mucho más allá de la "conciencia sindical".

    Pero incluso en períodos normales de desarrollo capitalista, el viejo topo de la historia continúa excavando profundamente en la conciencia del proletariado. En momentos decisivos, los acontecimientos pueden reventar de una forma inesperada para la clase trabajadora antes de que esta haya tenido tiempo de sacar todas las conclusiones necesarias. El papel de la vanguardia no es en absoluto "dar lecciones a los trabajadores como si fuesen niños", sino volver consciente la voluntad inconsciente de la clase trabajadora para transformar la sociedad. La clase trabajadora, empezando con las capas activas que dirigen a la clase, adquiere una conciencia socialista a partir de la experiencia de toda una vida de explotación y de opresión.

    La lucha de clases crea inevitablemente no sólo una conciencia de clase, sino una conciencia socialista. Es el deber de los marxistas sacar lo que ya está ahí, dar una expresión consciente a lo que está presente de una forma inconsciente o semiconsciente.

    Trotsky, en su biografía de Stalin, comenta las siguientes palabras: "El mismo autor de ¿Qué hacer? reconoció más tarde el carácter tendencioso y, en consecuencia, lo erróneo de su teoría, que había intercalado a modo de paréntesis como una batería en la batalla contra el economicismo, y su respeto por la naturaleza elemental del movimiento obrero"

    A pesar de este defecto, ¿Qué hacer? fue un jalón en la historia del marxismo ruso. En él, Lenin demostró concluyentemente la necesidad de organizarse, la necesidad de tener revolucionarios profesionales cuya principal preocupación fuera la construcción del partido, la necesidad de un partido obrero de masas auténtico de toda Rusia. Esta gran tarea histórica no podía realizarse "espontáneamente", sino sólo con la intervención organizada de las fuerzas del marxismo. Para que el proletariado tome el poder, debe de estar organizado. De no lograrse esto, significa, como Trotsky explicó, que la fuerza potencial de la clase trabajadora se disipará inútilmente, como vapor que se dispersa en el aire, en lugar de concentrarse en un cilindro de pistón.

    Sobre la cuestión nacional, contestaré en otro momento. Por último, expresar abiertamente que tengo el máximo de respeto con cualquier otra opinión diferente, y que evidentemente estoy abierto a cualquier crítica del tipo que sea. Un saludo, camaradas.

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    Re: Luxemburgo y la IV Internacional

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