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    Antón Ciliga: Capítulo IX: El país de la gran mentira y del enigma: diez años detrás de la cortina de hierro

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    JM Delgado

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    Antón Ciliga: Capítulo IX: El país de la gran mentira y del enigma: diez años detrás de la cortina de hierro

    Post  JM Delgado on Fri May 07, 2010 2:18 pm

    Lenin, también…*
    ANTÓN CILIGA
    Los grupos comunistas de extrema izquierda no temían atenerse al conjunto de la experiencia revolucionaria, mientras que la oposición trotskista consideraba la época de Lenin como algo sacrosanto. Más aun: todos esos grupos extremistas se habían constituido, desde 1919- 1921, en oposición más o menos clara a la política de Lenin. El rol de Lenin en la Revolución fue objeto de ardientes discusiones entre los detenidos del aislador. La oposición trotskista defendía esta tesis: «Lenin siempre tenía razón». Para no ir en contra de ese dogma, Trotski, por mucho tiempo «reconoció» la justeza de la posición de Lenin en todos los litigios que lo colocaran ante el pasado. Trotski aprobó también la proposición de Zinoviev de denominar a su grupo de oposición «bolchevique- leninista». Más tarde, Trotski reforzó el dogma: la posición justa, en lo que concierne a la revolución permanente (y de todos los conceptos trotskistas, es ciertamente el de mayor valor), no era la suya sino la de Lenin. A decir verdad, agregaba Trotski, Lenin en realidad, era partidario, de la revolución permanente, y es por eso que el desacuerdo era puramente formal y sin mayor importancia… Eso condujo a la oposición trotskista a desarrollar este nuevo tema: las divergencias entre Lenin y Trotski nunca fueron profundas; Lenin y Trotski estuvieron siempre de acuerdo en el fondo, y los desacuerdos lo eran en detalles. La oposición trotskista reconciliaba el pasado de Lenin y el de Trotski. Negándose a adoptar una actitud crítica hacia el uno y hacia el otro, daba un barniz burocrático a los aspectos más fuertemente contradictorios, de sus respectivas tendencias. A la leyenda forjada por Stalin le oponía no un estudio serio de los hechos sino otra leyenda.

    Algunos trotskistas del grupo «V. B.» –trotskistas al 100 %– iban más lejos declarando que las divergencias entre Lenin y Trotski habían sido siempre muy serias y que Trotski había estado siempre en lo justo. Hecho llamativo, los trotskistas, que tanto aman las citas, se refieren siempre a Trotski y raramente a Lenin. El grupo del «centralismo democrático » se hallaba siempre en situación muy difícil cuando se trataba de Lenin. A diferencia de los trotskistas, ese grupo tenía sus orígenes en la vieja guardia bolchevique. Y en sus concepciones generales, como en sus enunciados, se decía «leninista». En los comienzos, en 1919-1921, representaba la oposición del aparato local, la «oposición de su Majestad » contra el centro. En nombre del «centralismo democrático» se oponía al centralismo burocrático del Comité Central de Lenin. Y de allí su nombre. Considerando que Lenin se apartaba de su mismo programa, o que no se llegaba a las conclusiones de sus proposiciones, este grupo se había constituido sobre la base de la defensa del leninismo contra Lenin. Sin quererlo reconocer, oponía el Lenin del período decadente de la revolución, al Lenin del período ascendente. Criticaba la política practicada por Lenin en el poder, apoyándose en los principios leninistas de El Estado y la revolución. Pero por más profunda que fue la obra de 1917, la de Lenin no dio respuestas a los problemas nuevos aparecidos en el curso de la revolución. Por fin el grupo patinó durante diez años (1919- 1929), ya sea capitulando ante un ultimátum de Lenin, ya sea apoyando a los trotskistas en su lucha contra Stalin. Su orientación «más realista que el rey» fue estéril. El Plan Quinquenal conmueve, sacude, al grupo hasta su base, la mayoría capitula, y justifica su actitud diciendo: desde el momento que se liquida la NEP [Nueva Política Económica] y las clases burguesas, quiere decir que nosotros nos hemos equivocado y que en realidad se está construyendo el socialismo.

    Si la condición obrera era miserable, se debía a que no se puede hacer una tortilla sin romper huevos; y que antes de la construcción integral del socialismo hay que pasar por una última etapa difícil, la de la liquidación de la última clase capitalista: la de los pequeños burgueses. Así es como Timoteo Sapranov, líder del grupo y uno de los obreros bolcheviques más conocidos de Rusia, explicaba la oposición de los que habían capitulado. Si nos atenemos a los principios leninistas, la posición de los capitulacionistas no carecía de lógica. Toda la estrategia de Lenin, después de Octubre, se basaba en la tesis de que la pequeña burguesía y el capitalismo privado amenazaban al proletariado y al socialismo. Lenin, con puño de hierro, castigaba a todas las fuerzas de oposición que hablaban de burocracia y capitalismo de Estado como de un peligro que amenazaba a la clase obrera. Según la vía trazada por Lenin, los «decistas», en vísperas del Plan Quinquenal, no hacían sino hablar de la victoria de la «contrarrevolución pequeño-burguesa» y de la transformación de la URSS en un «Estado pequeño burgués». La concepción leninista no admitía otra contrarrevolución. Y… llega el Plan Quinquenal, que hace la guerra a la pequeña burguesía y la liquida. Había que elegir: o permanecer fieles a las tesis leninistas, y reconocer que el Plan Quinquenal realizaba el socialismo, o inclinarse ante la realidad y reconocer, aun cuando Lenin lo hubiera dicho, el triunfo de la «tercera fuerza»: la burocracia y el capitalismo de Estado. Los decistas, que no capitularon, eligieron esta segunda vía… Pero esta revaluación de valores niega, en realidad, todas las concepciones de Lenin después de Octubre, y pone en duda las de antes de Octubre. Ese pequeño grupo de decistas, de nuestro aislador, comprendía unas 20 personas, y en esta ocasión, se fragmentó en tres o cuatro grupos. Unos seguían pensando que Lenin, después de Octubre, aun cometiendo algunos pequeños errores, mantenía una posición justa y que la línea comenzó a desviarse con Stalin; otros estimaban que en el tiempo de Lenin, con la instauración de la NEP, la estructura democrático-burguesa de la revolución habíase sobrepuesto a la estructura socialista, y que el mismo Lenin no sabía lo que hacía. Los terceros declaraban, a despecho de todas las proclamaciones, que la estructura socialista de la revolución había sido siempre más débil que la estructura pequeño-burguesa. La revisión del leninismo, desde ese entonces, debía puntualizarse no solo en lo del capitalismo de Estado, sino también en lo referente a la dictadura del proletariado. En el comienzo, cuando Lenin sostenía, en 1920, la tesis del partido único y de su dictadura, los decistas la aprobaron, y se separaron de la «oposición obrera», que se había pronunciado de inmediato en contra. La experiencia de la dictadura del partido los llevó a dejar de lado sus concepciones primitivas. Comenzaron a comprender que no podría existir democracia interior de partido sin democracia obrera. El proceso de revisión de las ideas políticas de Lenin fue más rápido que el de la revisión de sus ideas económicas. Cuando viví deportado, me fue dado seguir, durante dos años, todas las peripecias. El resultado final fue una actitud crítica, por no decir hostil, hacia la acción y la teoría del Lenin posterior a Octubre.

    En la crítica al Lenin del período revolucionario, el tono lo dio la «oposición obrera» de 1920, mejor dicho, por su ala izquierda, que en 1922 se organizó tomando el nombre de Grupo Obrero. En el lenguaje corriente, los partidarios de ese grupo se denominaron los «miasnikovianos », derivado de su líder, Miasnikov, un obrero bolchevique conocido. Fue una de las figuras más notables de la revolución bolchevique. La oposición obrera y el grupo obrero, salían de las filas de la vieja guardia bolchevique. Pero, en oposición a los decistas, criticaban la acción de Lenin, desde los comienzos, y no en detalles sino en su conjunto. La oposición obrera se pronunciaba contra la línea económica de Lenin. El Grupo Obrero iba más lejos, y se refería al régimen político y al partido único, instaurados por Lenin antes de la NEP. En la persona de Sergio Tiyounov, el Grupo Obrero tenía en nuestro aislador un representante muy instruido, muy activo, y muy riguroso. Al decir de quienes conocían algo más que yo, tenía rasgos muy acentuados de «netchaiviano ».1 Habiendo fundamentado su programa en la palabra de orden de Marx para la Primera internacional «La emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos», el Grupo Obrero entró en guerra, desde sus comienzos, contra los conceptos leninistas de la «dictadura del proletariado», y de la organización burocrática de la producción, enunciados por Lenin en el período inicial de la decadencia de la revolución. Y reclamaba una organización de la producción por las masas mismas, comenzando por los colectivos de usina. En política, el Grupo Obrero reclamaba el control del poder y del partido por las masas obreras. Las masas, verdaderos jefes políticos del país, debían tener el derecho de quitar el poder a cualquier partido aunque fuera el comunista si consideraban que el partido no defendía sus intereses. A diferencia de los decistas y de la mayoría la oposición obrera, decía que la reivindicación de la «democracia obrera» se limitaba, prácticamente, al dominio económico y que trataba de amalgamarla con el «partido único». El Grupo Obrero extendía su lucha por la democracia obrera a la reivindicación de la libertad de los obreros para elegir, o pronunciarse, por los partidos políticos concurrentes del medio obrero. El socialismo no podía ser sino una creación libre de los trabajadores. Y mientras lo que se edifica por coerción, dándole el nombre de socialismo, no era para ellos –y desde el principio– sino un capitalismo burocrático de Estado. En 1923, en lo más álgido de las huelgas dirigidas por el Grupo Obrero, este dirigió al proletariado ruso y al proletariado internacional un manifiesto en el que exponía sus puntos de vista, claramente, sin circunloquios. Estigmatizaba la tendencia naciente del bolchevismo al no apoyarse en la clase obrera sino en el «culto al jefe». Este manifiesto es uno de los documentos más notables de la Revolución Rusa. Apareció en el momento del hundimiento interno de la revolución, como teniendo el significado del Manifiesto de los Iguales, publicado por Baboeuf, en el momento del hundimiento interno de la Revolución Francesa. Durante mucho tiempo, me abstuve de participar en las discusiones sobre el rol de Lenin. Yo pertenecía a la joven generación que había sido educada en la idea de que Lenin era sacrosanto. Para mí, Lenin «siempre tenía razón». Los resultados –la toma y la conservación del poder– se pronunciaban en su favor. Entonces, me decía a mí mismo, con mi generación, que la táctica y los medios también eran justos. Y cuando llegué al aislador, fue en ese sentido que me pronuncié. Y no poco me conmovió oír al obrero decista Probopenia, cuando me diera este consejo irónico:

    –Es inútil que te sulfures, camarada Ciliga, a propósito de la lucha de Lenin contra la burocracia. Tú te apoyas sobre uno de los últimos artículos que escribió antes de morir, el de la reforma de la Inspección obrera y Campesina, ¿Acaso hacía un llamado a las masas para que se organizaran contra la burocracia? Nada de eso. Proponía la creación de un organismo especial con un personal bien remunerado, organismo súperburocratico que tenía que combatir… a la burocracia… No, camarada extranjero, Lenin al final de su vida dejó de confiar en la masa obrera. Confiaba en el aparato burocrático, pero, temiendo que este exagerara, hubiera querido limitar el mal haciendo que una parte del aparato controlara a la otra… Evidentemente, no vale la pena gritarlo a todos los vientos, cosa que, después de todo, daría un argumento suplementario a Stalin. Pero, no por eso deja de ser una realidad.

    Si yo tenía poco interés en el estudio de las discusiones y querellas del pasado, era porque estaba profundamente absorbido por los problemas del presente. En la medida que las cuestiones históricas me interesaban, me parecía que esos grupos sobrestimaban la importancia de sus viejas diferencias con Lenin. El destino de la revolución, a mi juicio, estaba decidido por la relación de fuerzas de las clases y no por las fórmulas, o las tesis, que pudiera adoptar tal o cual tendencia interna.

    A medida del cumplimiento del Plan Quinquenal, la cuestión de las formas organizadoras, políticas y económicas se actualizó. Problemas que se creían haber sido resueltos por la historia, volvieron a ser puestos, inopinadamente, en el tapete y con fuerza creciente. La supresión de la pequeña burguesía y del capitalismo privado hizo ver que, en el terreno social, no existía más que la burocracia y el proletariado. Y era, en cuanto a las formas organizadoras, que se tenía que hallar la solución de los problemas, como el de las relaciones mutuas y «qué era el socialismo y cómo llegar a él». Las cuestiones técnicas de organización se presentaban como cuestiones sociales. La lucha de las masas trabajadoras contra la tiranía burocrática no podía ser en ese entonces sino una lucha contra las formas de organización que la burocracia había dado a la economía. Pero esas formas no las había inventado Stalin, las había recibido, en herencia, de Lenin. La Revolución Rusa, a despecho de sus antagonismos y de sus luchas intestinas, es un todo orgánico. Y Lenin no podía ser dejado de lado.

    Dedicándose a esta clase de estudio, el miasnikoviano Tiyounov hizo un ensayo consagrado al debate histórico sobre la organización burocrática, o socialista, de la producción. Se basaba en la crítica a medidas militares de Trotski, tendientes a organizar la economía en el período del «comunismo de guerra». El joven decista J. Kosman realizó un brillante estudio histórico sobre lo que se denominaba «la discusión sindical ». Y llegaba a esta conclusión: la manera en que Lenin había organizado la industria, entregándola a la burocracia. Se le quitó, de esta manera, las usinas al proletariado, que perdió la revolución. Otro decista, Micha Chapiro, escribió una refutación en la que sostenía el punto de vista tradicional de los decistas: las diferencias en cuanto a los diversos sistemas de organización de la producción no tienen un significado de principio. Según Chapiro, la oposición obrera no representaba los intereses del proletariado sino los de la burocracia sindical. Y si sus reivindicaciones sobre la transferencia de la dirección de empresas a los sindicatos se hubiera realizado, la única diferencia hubiera consistido en que la dirección de las usinas pasaba de la burocracia del partido a la burocracia sindical.

    Para que el proletariado pudiera combatir a la burocracia, le era necesaria la libertad: libertad de organización, de prensa, de reunión. Pero, eso llevaba a la tesis de la libertad de elegir su partido, sostenida por Miasnikov, y condenada ya por Lenin, por Trotski y por los decistas. Y, aún en el presente, la mayoría de esos elementos continuaba considerando que «la libertad de elegir su partido» sería el fin de la revolución y que sería menchevismo puro, proclamaban los trotskistas sin apelación. «El proletariado es socialmente homogéneo, y es por eso que sus intereses no pueden ser representados sino por un partido único», decía el decista Davidov. Y, «¿por qué no conjugar la democracia interior del partido con la dictadura exterior?», preguntaba la decista Nioura Iankovskaia. «La Comuna de París sucumbió porque existían varios partidos. Entre nosotros, no hay más que uno. Y entonces, cómo es que nuestra revolución también sucumbe?», replicaba Dora Zak. La joven decista Volia Smirnov llegó hasta decir: «Nunca hubo en Rusia revolución proletaria, ni dictadura del proletariado. Ha habido solamente una “revolución popular”, y una dictadura burocrática. Lenin no fue nunca un ideólogo del proletariado. Desde su comienzo hasta su muerte, fue un ideólogo de la “intelligentzia”». Esos conceptos estaban ligados a la idea general de que, por vías diversas, el mundo marcha hacia una nueva forma social: el capitalismo de Estado, que con la burocracia como nueva clase dirigente, coloca, en un mismo plano, la Rusia soviética, la Turquía kemmalista, la Italia fascista, la Alemania en marcha hacia el hitlerismo, la América de Hoover-Roosevelt. «El comunismo es un fascismo extremista, el fascismo es un comunismo moderado», decía Smirnov en su artículo «El comúnfascismo». Esta concepción dejaba un poco en la sombra a las fuerzas y las perspectivas del socialismo. La mayoría de la fracción decista estimaba que la herejía de la joven Smirnov pasaba de los límites y fue excluida, con gran ruido, del grupo.4

    Valorando la importancia de los viejos problemas para la comprensión de los nuevos, como la estimación exacta de las tareas del porvenir, emprendí seriamente el estudio. Los matices que existían en la interpretación de esas cuestiones, en los ambientes de extrema izquierda, predisponían para el examen crítico y la autodeterminación. Y estudiándolos, mediando una experiencia revolucionaria viviente, los abordé con estado de ánimo evidentemente diferente al de camaradas que encontraban motivo de escisión diez años antes. Yo tenía en mi haber quince años de historia revolucionaria y podía juzgar el pasado con más amplitud y seguridad.

    Sometiendo a un análisis crítico «la época de Lenin», penetraba en el Santo de los Santos del comunismo y de mi propia ideología. Sometí a Lenin a la crítica, al jefe y al profeta, coronado por la gloria inmortal de la revolución, y más aun, por la leyenda y la mitificación del mito posrevolucionario. Y a pesar del espíritu crítico del medio en que vivía, penetré en el santuario, en puntas de pie, sintiéndome culpable de escuchar la voz interior que me decía: «para comprender la experiencia y las lecciones de la revolución, no hay que retroceder ante nada, y ser tan implacable como la misma revolución, que no retrocede ante nada». Y, cuanto más me internaba en el santuario, día a día, semana tras semanas, meses después de meses, se me planteaba esta cuestión fundamental: «¿Por casualidad, tú también, Lenin? ¿No habrás sido grande mientras lo fueron las masas y la revolución? Y cuando las fuerzas de las masas se debilitaron, tu espíritu revolucionario, ¿no sufrió también el mismo fenómeno? ¿Será posible que para conservar el poder, hayas traicionado los intereses sociales de las masas? ¿Y que haya sido tu decisión de conservar el poder lo que nos sedujera, a nosotros, los ingenuos? ¿Y que hayas preferido la burocracia triunfante a las masas vencidas?... ¿Y que hayas ayudado a esta burocracia nueva a doblar la cabeza de las masas soviéticas? ¿Será posible que hayas aplastado a esas masas cuando ellas no querían adaptarse al nuevo orden social? ¿Que hayas difamado, desnaturalizado, el sentido de sus aspiraciones legales? Lenin, Lenin, ¿qué cuentan más, tus méritos o tus crímenes?… Hago poco caso de los móviles que te inspiraron: valía más, pensabas tú, que fueran los burócratas quienes hicieran doblar la cabeza de las masas antes que ver regresar a los antiguos explotadores: los burgueses, los terratenientes. Es posible que los burócratas consideren que la cosa es importante, pero para las masas, que doblan la cerviz, no lo es tanto… Hago poco caso, Lenin, de los argumentos de tus abogados: subjetivamente, tus intenciones fueron las mejores del mundo. Tú mismo, Lenin, nos enseñaste a juzgar a la gente, no por sus intenciones subjetivas, sino por el significado objetivo, según los grupos sociales a favor de quienes se desenvuelve la acción, y a favor de quienes se pronuncian sus palabras. Y, en tus propias justificaciones, muy prudentes, hay que reconocerlo, hallo la prueba que tú mismo has admitido subjetivamente, el régimen que realizaras objetivamente. Y en el momento en que la dictadura de la burocracia se afirmaba, tú conscientemente (las pruebas existen) has difamado a las masas obreras que resistían a la burocracia triunfante. Esa resistencia, por débil que fuera, aplastada por la burocracia, es el supremo testamento de la revolución. Y una nueva revolución, efectivamente, y socialmente, libertadora de las capas inferiores, solo podrá ser en Rusia, y en el mundo, cumpliendo el programa de la oposición obrera, aniquilada. Es retomando el camino, en esta continuidad de la historia humana, que se sucederán, efectivamente, sus tendencias progresistas…»

    El sol desaparece en la lejanía, sobre el Ural, lanzando sus últimos rayos, en las estepas desiertas, sobre los montes y la prisión, y un poco, sobre mi celda. Es el tercer año que estoy detenido. Y es una vida dura… Miro con avidez a las montañas, el sol y el aire, la libertad, sí, la libertad. Estoy solo en la celda. Mi compañero está en la enfermería. Mi alma en soledad. Llevo luto por Lenin. ¿Qué acabo de hacer? ¿No me he vuelto loco, presa del delirio de la prisión?

    Miremos más de cerca. En 1917, evidentemente, las masas y Lenin irían más lejos, más rápido y más firmemente. Como un huracán devastador, a su paso, derribaba lo que estaba viejo, corrompido, mentiroso, en Rusia y en el mundo. Fueron, efectivamente, «los días que sacudieron al mundo». Rusia hacía historia mundial. Y porque Lenin supo hacer latir el corazón de la humanidad, en el momento de magnífica explosión libertadora, porque, en esos días, que se vio triunfar la audacia grandiosa de las masas populares, supo estar con ellas y conducirlas. Y Lenin ocupó para siempre un puesto de honor en el corazón de los trabajadores, y en el Panteón de la Historia. Ese lugar le ha sido asegurado para siempre, aun cuando tenga, como Cromwell, que rendir cuenta a las masas por sus crímenes o por los de sus sucesores, después del derrumbe de la revolución, aun, si en un momento de la historia, su cadáver fuera entregado al furor popular en las calles de Moscú. Pero, desde el momento en que el edificio viejo fue derrumbado y Lenin tomó el poder, el divorcio trágico comenzó entre él y las masas. Imperceptible, al principio, fue en aumento y, por fin, alcanzó su plenitud. Las masas obreras terminaron, instintivamente, su liberación total, alcanzando integralmente sus propósitos. Y es para eso que las masas hacen la revolución. O en ese momento, o nunca. Es lo que distingue la época de las revoluciones de las épocas de las reformas. Desbordando el cuadro del viejo socialismo, de 1905, para edificar un nuevo orden, las masas laboriosas de Rusia fueron, en 1917-1918, más lejos de lo que inicialmente deseaba Lenin. Y el empuje de las masas fue tan fuerte, y la situación tan tensa que las masas se llevaron a Lenin con ellas. Esas fueron las relaciones entre el jefe y las masas, en el momento culminante de la revolución.

    Son los hechos los que lo afirman. Después de la Revolución de Octubre, Lenin no quería la expropiación de los capitalistas, sino solamente el «control obrero», control de las organizaciones obreras de base dejando a los capitalistas continuar y conservar la dirección de las empresas. Una lucha de clases encarnizada vino a rebatir la tesis de Lenin sobre la colaboración de clases bajo su poder; los capitalistas respondían con el sabotaje y los colectivos obreros tomaban posesión, una tras otra, de todas las usinas… Y fue solo cuando se realizó la expropiación de los capitalistas de facto, por las masas obreras, que el gobierno soviético la reconoció de jure, al publicar el decreto de la nacionalización de la industria.

    En 1918, Lenin respondió a las aspiraciones socialistas de los obreros oponiéndoles el sistema del capitalismo de Estado (del «modelo de Alemania en tiempo de guerra»), con la más amplia participación de los antiguos capitalistas en la nueva economía soviética. Lenin no era partidario de la destrucción total del antiguo régimen económico, pero sí de una especie de equilibrio entre lo viejo y lo nuevo, y para que viviera, Lenin, quien antes se había pronunciado contra la «colaboración de clases », se hace su apologista. Detentando el poder comenzó a sentir la influencia de las diversas fuerzas de la sociedad, y no solamente la de la clase obrera, como antes. Se hizo el apologista de la estática del momento, y no del dinamismo de la época.

    La guerra civil, en aumento, vino a corregir esa etapa de la filosofía leninista de la revolución. El hundimiento de los imperios alemán y austriaco da nuevas fuerzas a las tendencias maximalistas de las masas populares, y la tesis de la realización inmediata del socialismo recibió la consagración oficial. El año 1919 comienza. Era la apoteosis de la Revolución Rusa, su «1789». Y, como se ha visto, se debe, una vez más, a las iniciativas de las masas y no a la de Lenin.

    De la apoteosis a la bancarrota no hay más que un paso. En esta conjunción histórica es Lenin quien tiene el más triste rol. Si el período de ascensión social, de exaltación revolucionaria, se ha caracterizado por el hecho de que las masas lograron llevar tras de sí a Lenin; la decadencia y la bancarrota de la revolución ponen de manifiesto el antagonismo entre Lenin y las masas obreras, y su victoria sobre ellas.

    ¿Cuál era la base del combate? El mismo principio del socialismo, la suerte de la industria arrancada de las manos de la burguesía. Es eso lo que determina el divorcio entre Lenin y el proletariado. Y es allí donde hay que buscar la llave que permita comprender el doble rol de Lenin en la revolución.

    Los obreros se habían hecho dueños de las usinas, e instaurado el principio de la producción colectiva. Pero la vinculación entre las diversas usinas dependía del aparato burocrático. Este era un síntoma del peligro que amenazaba al proletariado. El destino del socialismo en Rusia dependía de la posibilidad que tenía el proletariado de asegurar la dirección general de la producción. Para realizar una organización socialista de la sociedad, para reorganizar «socialísticamente» la economía agraria, el proletariado debía, ante todo, realizar la organización socialista en su propia casa, en la industria.

    Pareciera que se tratara de una verdad fundamental. Pero se la olvida cuando se examinan los destinos del socialismo y de la revolución. Lenin, colocado en el vértice del aparato, miraba con los ojos del aparato. Y es lo que hacía notar muy bien un obrero en el X Congreso del Partido Comunista Ruso, Miliounov, cuando decía: «La actitud de Lenin es psicológicamente comprensible, el camarada Lenin es presidente del Consejo de los Comisarios. Él es quien dirige nuestra política soviética. Es evidente que todo movimiento, venga de donde venga, y que obstaculice a esa dirección, no puede dejar de ser considerado como un movimiento pequeño-burgués y particularmente nocivo». En efecto, durante la guerra civil, la burocracia central no había dejado de extenderse y había tomado en sus manos las usinas. La dirección de las usinas, al principio designada por los obreros y empleados de la empresa, después fue elegida, cada día más, por el centro. Al mismo tiempo, la dirección colectiva del comienzo fue sustituida por la dirección única. Las usinas comenzaron a ser escamoteadas a los obreros. Y esa sustitución fue a iniciativa de Lenin, a pesar de la opinión tenaz, insistente, de toda la fracción obrera del partido y de jefes obreros bolcheviques. Por su oposición, Trotski, en aquel entonces, fue desterrado por el partido a Turkestán; como lo fue en otra ocasión, Sapronov, a Ucrania por su «centralismo democrático». Al final de la guerra civil la lucha entre la burocracia y el proletariado por el dominio de la industria cobró fuerzas. Entró en una fase decisiva. Y fue, precisamente esa lucha, la que hizo volar en pedazos el «comunismo de guerra». En nuestra industria existen dos poderes, el de los obreros y el de los burócratas. Y eso paraliza la producción. La única salida reside en una resolución radical: el poder único, ya sea el del socialismo obrero o del capitalismo de Estado. En esos términos, Chliapnikov –el teórico de la oposición obrera– denunció el conflicto en un artículo que publicó en Pravda en el período de preparación de la «discusión sindical», antes del congreso del partido.

    ¿Cuál fue la actitud de Lenin? También él era partidario de una decisión sin compromiso, como Chliapnikov, pero la diferencia residía en que estaba por el poder único de la burocracia. Y Lenin confesaba que con el pretexto de la discusión sindical se trataba de quitar a los obreros de la dirección de las usinas y declaraba: «Si es los sindicatos, es decir, a las 9/10 de los obreros sin partido que se confía la dirección de la industria, para qué sirve, entonces, el partido?» De modo que no existía una décima parte de la clase obrera, los obreros bolcheviques, que reclamaban lo mismo que los obreros sin partido. En esta cuestión, la línea de clase estaba bien marcada: de un lado los obreros (miembros del partido y sin-partido); detrás de los obreros, el socialismo, y detrás de los otros, el capitalismo típico del Estado.

    Para compensar el escamoteo de las usinas, Lenin prometió el derecho de huelga a los obreros. ¡Como si los obreros hubieran hecho la Revolución de Octubre para tener derecho a la huelga!

    Características son las relaciones de Lenin con los «liberales» en su propio campo burocrático: cuando, situados a mitad de camino entre la oposición obrera y Lenin, los grupos de Trotski, Boukharine, Sapronov, propusieron una atenuación del poder único de la burocracia mediante la agregación, a título consultivo, de la voz obrera en el organismo de la producción, Lenin se opuso de la manera más categórica y aplicó las más enérgicas medidas organizadoras (X Congreso del Partido, en 1921) por lo titubeante de sus manifestaciones. Lenin no titubeaba. Se convirtió en el personero de la burocracia soviética (tanto de la comunista como la de los sin-partido); y arrancó de las manos de los obreros, con firmeza inquebrantable, las usinas, les quitó su más esencial conquista, la única arma que les podía servir para marchar más aún hacia su emancipación, hacia el socialismo. Y, así, el proletariado ruso volvió a ser una mano de obra asalariada en las usinas ajenas. Del socialismo ya no quedaba sino el nombre. ¿Y Kronstadt de 1921? La suerte de la industria, en realidad la del socialismo, ya había sido decidida. La represión de la revuelta del Kronstadt fue la respuesta de la burocracia a la tentativa del proletariado y del campesinado en su contra. Lenin y su burocracia se espantaron, en un principio. Después de la represión, se instauró la NEP, y se realizó la alianza de la burocracia con el campesinado en contra del proletariado. Solamente al momento del Plan Quinquenal, la burocracia, ya fortificada, se vuelve contra sus aliados provisorios: los campesinos medios y los gúlags.

    Habiendo liquidado el socialismo en el terreno económico, y el poder obrero en las usinas, la burocracia aún tenía una tarea que cumplir: liquidar el poder político del proletariado y de las masas laboriosas. El órgano de este poder era la gran organización de masas surgida durante el proceso revolucionario: los soviets. A la organización política de masa, el soviet, como la organización económica de masa, el sindicato, la burocracia oponía la organización en la que la participación de las masas era más débil, y donde ella misma era más fuerte: el partido. Para suprimir toda posibilidad de combate a favor de las masas, en el interior como en el exterior del partido, las decisiones del X Congreso, a iniciativa de Lenin, fueron las siguientes: supresión de todos los partidos; supresión, en el partido, de toda opinión o grupo que se oponga a la dirección. El partido se transforma en un organismo auxiliar del cesarismo burocrático como los soviets, y los sindicatos se habían transformado en organismos auxiliares del Partido. La dictadura bonapartista sobre el partido, la clase obrera y el país había tomado forma.

    Me quedé como aplastado al saber que los jefes del partido comunista tenían plena conciencia de todo eso. En su obra La Economía en el período de transición, Boukharine formulaba en 1920 (página 115, edición rusa) la teoría del bonapartismo «proletario» («el régimen personal»). Y Lenin, aludiendo, a ese pasaje (Los recuerdos de Lenin, tomo XI, edición rusa de 1930) decía: «Es verdad […] pero esa palabra no debía emplearse ». Puede hacerse, pero no hay que decirlo… Y es el Lenin de la época en que él deja el proletariado por la burocracia. Lenin sabía disimular el carácter bonapartista de la burocracia. «No hay que realizar la dictadura del proletariado mediante una organización que lo engloba en conjunto, porque todavía el proletariado está muy dividido, muy humillado y muy fácil de sobornar». Y es por eso que la dictadura del proletariado «no puede ser realizada sino por la vanguardia, que acumula en sí, toda la energía revolucionaria de la clase: el Partido». La experiencia ulterior iba a demostrar la realidad burocrática de esta teoría de la dictadura del partido sobre la clase obrera, la dictadura de una minoría selecta sobre la «mayoría atrasada» del proletariado. Una vez más, la historia iba a demostrar la justeza de esta frase del viejo himno revolucionario:

    No hay salvador supremo Ni Dios, ni César, ni Tribuno.

    La justeza de la fórmula del movimiento obrero: «La emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos».

    La liquidación del poder político del proletariado exigía una sólida «base ideológica». Había que dar un rodeo porque era imposible darle su nombre a las cosas. En una revolución hecha inicialmente en nombre de la realización del socialismo, no era ni cómodo, ni prudente decir a voz en cuello: Somos nosotros, ahora, los nuevos Mesías y los nuevos explotadores. Era más fácil denominar el escamoteo de las usinas a los obreros como «una victoria del modo de producción socialista», la dominación de la burguesía sobre el proletariado como «el reforzamiento de la dictadura del proletariado» y los nuevos explotadores como «la vanguardia del proletariado». Desde que los señores habían sido «los protectores de los campesinos», la burguesía «la vanguardia del pueblo », los burócratas bien podían ser la vanguardia del proletariado. Los explotadores siempre se han considerado como la vanguardia de los explotados.

    Lenin justificaba su nueva política por la debilidad del proletariado. Aseguraba que confiando la Revolución a la burocracia la salvaría para el proletariado. Las ventajas del mañana debían justificar los sacrificios del momento. Esas «ventajas» hoy las vemos y conocemos su valor social. Hay que decir, en honor del proletariado ruso, que sintió, de inmediato, a pesar de su debilidad, lo que se tramaba en su contra. Comprendió que Lenin actuaba como si hubiera dicho: «Vosotros los obreros, no sois lógicos; queréis la realización inmediata del socialismo, y no contáis con la fuerza para hacerlo. Desde el momento que no podéis ser los dueños de la sociedad, tenéis que ser sus servidores; es la ley de la lucha de clases en una sociedad de clases. Si os resignáis a lo inevitable, os daremos todo lo que sea posible daros».

    Los obreros tenían su propia concepción de la lucha de clases, y procedían como si la respuesta a Lenin fuera esta: «No, es usted el que no es lógico, camarada Lenin. Si no somos suficientemente fuertes para ser los dueños del país, tendremos que pasar a la oposición activa. Una clase no se rinde, lucha».

    La resistencia espontánea del proletariado a las usurpaciones de la burocracia demostraba que el proletariado no era tan débil como demostraba Lenin. Y si este hubiera estado, de corazón, con el proletariado, hubiera sostenido la oposición obrera que se manifestaba en todo el país. Pero él pensaba y procedía de acuerdo al espíritu burocrático, y psicológicamente, como dueño del poder. La fuerza proletaria se le presentaba como una amenaza, y entonces aplicó al proletariado las leyes de la lucha de clases: una clase que no se rinde debe ser aplastada por el vencedor. Y es con los aplausos de la nueva burocracia que Lenin hasta gritó, cuando el cierre del X Congreso: «Ahora se terminó la oposición. No la toleraremos ni por un solo momento más».

    Efectivamente, fue el final de la oposición legal. Las puertas de las prisiones se abrieron y el destierro comenzó, en espera de los pelotones de fusilamiento.

    A despecho de estas transformaciones fundamentales, la revolución continúa, como en el pasado, titulándose «proletaria», «socialista». Más aun, Lenin indicaba hasta qué punto era necesario conjugar la fraseología oficial con el sometimiento efectivo del proletariado. Cuando los obreros, verdaderas víctimas de las pretensiones burocráticas, comenzaron a protestar contra la mixtificación burocrática del socialismo, y reclamaban una satisfacción de sus verdaderos intereses, Lenin los rechazó en bloque, los calificó de «pequeños burgueses», «anarquistas», «contrarrevolucionarios». Los intereses de la burocracia fueron calificados de «intereses de clase del proletariado». Instaura en el país un régimen totalitario y burocrático, y califica de «contrarrevolucionario» todo lo que tenía política y socialmente un carácter progresista. Inaugura esta era de mentiras, falsificaciones, de deformaciones que se respira hoy en todo el país con la variante estaliniana –completada y reforzada– y que envenena toda la vida social del movimiento obrero y democrático internacional.

    Oyendo los discursos y las resoluciones de Lenin, en el X Congreso, Chliapnikov dijo, indignado: «En mi vida, desde los veinte años que estoy en el partido, nunca oí, ni vi, algo más demagógico y vil». Esas palabras parecieran el eco de las de Munzer, que llamaba a Lutero «El doctor Lugner» (el doctor mentiroso), cuando los panfletos a favor de los príncipes protestantes contra los campesinos protestantes. «Y es exactamente en lo que te has convertido, Lenin, al final de tu carrera histórica», me decía a mí mismo…

    Miré fijamente y con animosidad el retrato de Lenin, que estaba en la mesa de mi celda. Estaba delante de dos Lenin, como había habido dos Cromwell y dos Luteros; subieron con la Revolución y luego descendieron por la pendiente liquidando a la minoría que quería continuar. Y toda esta revolución decisiva transcurre en dos a tres años en la Revolución Rusa, como en las otras. Y mientras, nosotros los contemporáneos, como los revolucionarios del pasado, discutimos durante diez, veinte o treinta años para saber si esa evolución decisiva ha tenido lugar o no.

    Y tu oposición, Lenin, del último año de tu vida, al estalinismo devorador, por trágico que fuera para ti, no tiene políticamente otra importancia que el titubeo entre el estalinismo y el trotskismo, es decir, entre las variantes liberal y ultrarreaccionaria de la burocracia. El destino del partido bolchevique, destino de Lenin y de Trotski, indica una vez más que los partidos más avanzados y los más grandes jefes, se encuentran limitados, en su formación, por las circunstancias de tiempo y de lugar. Y es por eso que es inevitable que en un momento determinado se conviertan en conservadores, y no se dispongan a satisfacer las nuevas exigencias de la vida. La leyenda de Lenin se me apareció como una mentira para tapar los crímenes de la burocracia.

    Para destruir la tiranía de la burocracia edificada por tus propias manos, es necesario, Lenin, que se destruya tu leyenda de infalible filósofo del proletariado. En la hora suprema, cuando el peligro era mayor, en vez de tender la mano al proletariado, tú lo has maltratado, apaleado. Si el mundo tuviera necesidad de esta lección, tú se la confirmas: cuando las masas son incapaces de salvar la revolución, nadie lo puede en su lugar… Tu experiencia, Lenin, nos dice que la única manera de salvar la revolución proletaria, es hacerla llegar hasta el fondo, hasta el momento en que las masas laboriosas se hayan emancipado totalmente. Si no se procede así, llegará fatalmente un día en que una nueva minoría privilegiada ejercerá su tiranía sobre la mayoría de los trabajadores. Las revoluciones contemporáneas realizarán íntegramente el socialismo, o fatalmente llegarán un día a ser antiproletarias, antisocialistas… «Ni Dios, ni amo«, me repetía una voz que llegaba de las profundidades de mi subconsciente. No dejaba de ser suficientemente clara, firme e imperativa. Rompí en mil pedazos el retrato de Lenin, que estaba sobre la mesa de mi celda y lo arrojé al tacho de la basura…

    La celda estaba en sombra. Afuera era de noche. Los montes Urales y la estepa sumidos en sueño siniestro. Me sentía mal, con el corazón apretado. Durante seis meses no me fue posible hablar, decir o escribir cosa alguna sobre política. Mis conclusiones sobre el gran jefe revolucionario me habían deprimido y sufría al tener que separarme, para siempre, del mito querido de Lenin.


    * Antón Ciliga: Capítulo IX: El país de la gran mentira y del enigma: diez años detrás de la cortina de hierro, Ediciones Verdad, Buenos Aires, 1951.
    1 El anarquista jacobino Netchaiev, discípulo de Bakunin, a quien este inspira un «catecismo revolucionario» fue el prototipo del nihilista de la época zarista. Inspira a Dostoievski la célebre novela Los posesos (nota del traductor del francés).
    4 No es difícil ver en Smirnov a un precursor de Burnham.

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    por darle algo de modernidad

    Post  luxemburguista on Sat May 08, 2010 5:59 am

    Conocía el texto, que me parece que nunca ha perdido actualidad desde que fuera escrito.

    Si hoy, por estos lares, buscamos uno de esos líderes que son reverenciados por muchos (y alabados por otros tantos), podríamos encontrar con facilidad a uno al menos (quizás el que más): Sánchez Gordillo. En estos últimos tiempos he hablado del caso con diversas personas, dado que la estrategia del SAT (oscura y confusa, enormemente bolchevique) y de sus nuevos aliados-cómplices (los oportunista-entristas de IZAN, En Lucha y cía.) me repugna. Para evitar confusiones, me explico:

    El SAT es uno sólo con la CUT-BAI. Está realizando una intensa campaña de movilizaciones, acciones e incluso huelgas generales locales o comarcales. Lo cual estaría muy bien si el objetivo clave no fuera aprovechar la crisis para extender SU organización por toda Andalucía de cara a las próximas citas electorales (las municipales especialmente). Si lo dijeran claro, si dijeran que para ellos ambas tácticas están interrelacionadas y que los procesos electorales son algo así como "momentos de catalización", nada tendría que objetarles. Pues, aunque no sea electoralista, aunque no considere que la táctica electoral sea catalizadora de nada, sino todo lo contrario, que sería una táctica que impulsara catalizaciones en la lucha directa (amén de servir para anular ciertos poderes de otros vía echarlos de los cargos institucionales), aunque mi posición fuera crítica, les reconocería su franqueza, su claridad. Porque en esa franqueza mostrarían el respeto a los demás, a la inteligencia de los demás. Pero no es así: como consideran que los demás somos tontos, disminuidos, incapaces, ellos son quienes "juegan" con las tácticas, desde el secretismo, desde las reuniones de aparato en las que sólo los esclarecidos pueden acceder a ese conocimiento de lo que se ha de hacer. Se consideran vanguardia esclarecida. Y como tal actúan.

    Además, en todo este proceso está la lucha interna en IU (de la que la CUT sigue siendo parte). Es una lucha encarnizada por el poder y por las listas electorales, que viene de muy lejos, con amenazas de que se saldrán si hay pactos con el P$E, cuando en todas partes IU ya es lacaya de los sociatas. Y desde hace mucho.

    En esos juegos, desde hace ya tanto que parece una eternidad, aparece la figura del iluminado de Marinaleda, localidad que es vendida (hasta en el New York Times) como ejemplo de "realización de la utopía", de "socialismo". Recuerdo cuando a inicios de los 90 era militante de IU. Ya entonces se cuestionaba que ese señor fuera líder sempiterno y candidato perpetuo a prácticamente todo. Se le ponía como ejemplo (junto a otros) de lo que la organización debía modificar, promoviendo la limitación y renovación en los cargos. Evidentemente, nunca se pasaba de las críticas, y, quienes fuímos más allá, en el contexto de los procesos congresuales, perdimos y estamos hoy fuera de esa cosa. Y a los ofrecimientos de volver, al menos yo respondo con risotadas cargadas de ironía y desprecio.

    Mientras esas cosas pasaban, algunos que ocupábamos cargos de representación en ciertos movimientos sociales (en mi caso en la Universidad), tratamos de buscar otras opciones para resolver un problema que es real: los liderazgos, las articulaciones de la representatividad. Algunos coincidimos en la necesidad de que la primera tarea del "líder" (del cargo) fuera buscar sustitutos (a ser posible, muchos o al menos más que los previos). Y marcar tiempos claros, definidos, en la "ostentación del cargo". Y algunos fuimos bastante consecuentes entonces, incluso a costa de aguantar ciertas incomprensiones de parte de quienes, evidentemente, tenían "afición al cargo". Para su pesar, sus actitudes y sus acciones nos reafirmaron en lo que sabíamos.

    En mi caso particular, desde entonces (por la constatación empírica de aquella experiencia), he tenido claro que esa renovación continua, unida a otros mecanismos sencillos (por ejemplo, el contenido en la máxima "lo que no crece, desaparece") es vital para que las cosas funcionen de otra manera. Así lo he intentado, con mayor o menor suerte, en todos los movimientos en los que he estado. Y en la ONG local en la que también milito ahora, propuse la simple rotación en plazos cortos (3/4 meses) en las tareas de coordinación y en las concretas. No es que hubiera problemas (no hay profesionalización ni nada semejante, y nuestro funcionamiento es asambleario a más no poder). Simplemente analizamos que había que promover la implicación en el día a día, para no saturar y evitar agotamientos, para evitar liderazgos no deseados por quien lo ostentaba de facto, y para promover un aprendizaje práctico y real de mecanismos vinculados a ese otro mundo que promovemos. El primer año de experiencia está siendo más que un éxito, pues prácticamente todos los miembros (una veintena) hemos pasado ya por diversas tareas, incluida la coordinación general, el "tirar del carro" (en bloques de 3). Estamos aprendiendo mucho y dándonos cuenta de que somos más que capaces de hacer cosas que pensábamos nos superaban. Se que es un ejemplo pequeño. Pero me parece más interesante que perpetuar la figura del líder supremo durante ya casi 30 años.

    Si algo he aprendido en todos estos años es que si no hay implicación de la gente, de la mayoría de los miembros de algo, ese algo no merece la pena. La gente tiene todos los derechos. Y el primero es a equivocarse por sí mismos. Por eso es necesaria la franqueza, aun cuando sea despiadada. Porque sólo desde ella existe el verdadero respeto, que es decirle a los demás lo que de verdad piensas de ellos. Nunca desde la mirada condescendiente desde arriba, desde una supuesta superioridad auto-otorgada y/o reconocida por los demás.

    Ahora, si uno lee por ejemplo a miembros de IZAN llamando al reagrupamiento de los anti-capitalistas, uno puede comprobar como "reivindican" como propio de la izquierda, como enseña, la renovación, la no perpetuación en los cargos. Como dice el dicho, "del dicho al hecho, va mucho trecho". Los bolcheviques no hacen brindis al sol. Sencillamente mienten.

    La primera tarea del "líder", mientras haya "líderes", siempre será saber retirarse a tiempo. Ese tiempo vendrá marcado precisamente por el hecho de estar convirtiéndose en "líder".

    SALUD


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