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    Terry Eagleton* ¿Un futuro para el socialismo?

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    JM Delgado

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    Terry Eagleton* ¿Un futuro para el socialismo?

    Post  JM Delgado on Mon Nov 08, 2010 4:49 am

    Terry Eagleton*
    ¿Un futuro para el socialismo?




    EL AUGUR es aquel que busca predecir el futuro para poder controlarlo. Su tarea es husmear en las entrañas del sistema social para descifrar los presagios que le aseguren a sus gobernantes que el sistema perdurará. En nuestros días, es generalmente un economista o un ejecutivo de los negocios. El profeta, en cambio, no tiene interés en predecir qué sucederá excepto para advertirnos que, a menos que cambiemos de camino, es improbable que tengamos un futuro. O, en todo caso, si lo tuviéramos, sería un futuro profundamente desagradable. Su preocupación es denunciar la injusticia del presente, no soñar con una perfección futura; pero como no se puede identificar la injusticia sin recurrir a una noción de justicia, alguna forma de futuro ya está implícita en esta denuncia. Así como el presente es un resultado, en gran medida, de aquello que no llegó a ocurrir en el pasado, también una imagen del futuro puede ser atisbada, negativamente, oblicuamente, en lo que está faltando en el presente. La mejor imagen del futuro es el fracaso del presente. O de otro modo: en las contradicciones del presente, en los lugares donde fracasa en ser idéntico a sí mismo, en aquello que le es totalmente constitutivo y aun así es descartado como desperdicio y excedente, es allí donde los destellos del futuro pueden ser discernidos como los resplandores a través de los tajos de una tela.

    Un futuro que de algún modo no estuviera en línea con el presente sería ininteligible, tanto como sería indeseable un futuro que estuviera solamente en línea con el presente. Un futuro deseable debe ser un futuro posible, de otro modo llegaríamos a desear inútilmente y, por ende, como el neurótico descripto por Freud, nos enfermaríamos de nostalgia. Por otra parte, si simplemente eliminamos el futuro de nuestra lectura del presente, cancelamos la futuridad del futuro, tal como el nuevo historicismo trata de borrar lo pasado del pasado. El utopista seriamente bizarro, el que tiene su cabeza enterrada más obstinadamente en la arena, es el pragmático cabeza dura que imagina que el futuro será más o menos como el presente, sólo que un poco más variado. En otras palabras, como alguien recientemente describió el futuro posmoderno: se trata del presente con más opciones. La pura fantasía de esta ilusión pragmática basada en la sabiduría de la calle, esto es, que el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Times Square, Brad Pitt y las galletitas con pedacitos de chocolate todavía estarán allí en el año 5000, hace que los apocalípticos melenudos y de ojos salvajes parezcan unos moderados insensibles. No importa lo que piense Francis Fukuyama, el problema no es que vamos a tener demasiado poco futuro, sino futuro en exceso. Mala suerte; nuestros hijos probablemente vivirán tiempos muy interesantes.

    Hablando de Fukuyama (1992), uno puede recordar que entre las cosas que se repiten históricamente está el anuncio de la muerte de la historia misma, la cual ha sido promulgada muchas veces, desde el Nuevo Testamento hasta Hegel. Como cualquier otra repetición, es una de las cosas que hace que la historia siga andando, como sin duda podrá juzgar el propio Fukuyama al mirar su correspondencia. El hecho de anunciar el fin de la historia, lo cual simplemente agrega algo más a ella, plantea un conflicto interesante con la declaración misma, una especie de contradicción performativa. El último de los prematuros obituarios arrojados sobre la historia, o quizá más precisamente sobre la ideología, fue el de los ideólogos del fin de la historia, en los años cincuenta. Con Vietnam, el Poder Negro y el movimiento estudiantil a punto de surgir, dicho obituario demostró ser una profecía singularmente inepta. Como podría haber observado Oscar Wilde, equivocarse sobre el fin de la historia una vez es desafortunado, equivocarse dos veces es pura negligencia.

    Es muy probable, por ejemplo, que se produzca una gravísima crisis del capitalismo en las próximas décadas, que no es lo mismo que decir que esto será así, o que habrá socialismo. Que el futuro esté destinado a ser diferente del presente, por supuesto, no garantiza que será mejor. Bien podría llegar a ser peor. De un modo u otro, no hay nada que sea inevitable, lo cual es excelente, ya que lo inevitable es usualmente desagradable. Y a menos que uno se oponga a lo inevitable, nunca podrá descubrir cuán inevitable era realmente. Pero mientras Occidente conduce sus carretas en círculos cada vez más cerrados, refugiándose y cerrando las puertas a una creciente población alienada, desplazada, desposeída, tanto a nivel local como en el exterior, y mientras la sociedad cívica es crecientemente arrancada de cuajo, no hace falta un Nostradamus para anticipar turbulencias en el horizonte. Políticamente hablando, no se puede dejar que las fuerzas del mercado se desplieguen en ausencia de una buena red de protección social ya que, de otro modo, se corre el riesgo de generar una gran inestabilidad y resentimiento; pero, económicamente hablando, es exactamente ese tipo de protección lo que las fuerzas del mercado destruyen. En este sentido, el sistema se ofrece para minar su propia hegemonía, sin mucha necesidad de ayuda desde la izquierda. Lo que es de temer no es tanto que la historia meramente se repita a sí misma, sino la perspectiva de que comience a filtrarse por las costuras, mientras la izquierda todavía está dispersa y desorganizada y, por lo tanto, es incapaz de conducir las precarias y espontáneas revueltas por senderos productivos. Entonces, el problema es que, a menos que ocurra lo contrario, mucha más gente podría salir lastimada.

    Esto resulta aún mucho más lamentable cuando uno se detiene a considerar la notablemente módica propuesta que está impulsando la izquierda. Todo lo que la izquierda desea lograr son condiciones que permitan a la totalidad de los habitantes del planeta comer, trabajar, ejercer su libertad, vivir dignamente, y aspiraciones de este estilo. Esto es escasamente revolucionario. Pero es una señal de las calamidades presentes el hecho de que, en efecto, se necesitaría una revolución para alcanzar tales objetivos. Esto es así por el extremismo del capitalismo, no del socialismo. A propósito: decir que las cosas están muy mal es el tipo de afirmación simplista que distingue a los radicales de los reformistas liberales, aunque no sucede lo mismo con los conservadores. Sorprendentemente, en una forma de vida social que es incapaz incluso de estar a la altura de sus propios ideales parciales, los liberales, los pragmáticos y los modernizadores se aferran a su ilusión extraordinariamente utópica de que nada está mal en los fundamentos. Los conservadores, por el contrario, tienen mucha razón al ver que existe un problema en los cimientos mismos del sistema, pero suelen estar equivocados respecto de qué es lo que está mal. La forma más ostensiblemente naif del idealismo no es el socialismo, sino la creencia de que, dándole el tiempo suficiente, el capitalismo alimentará al mundo. ¿Cuánto tiempo más se sostendrá esta visión antes de que se la juzgue desacreditada?

    Por todo esto, nunca he estado demasiado convencido de que términos como optimismo y pesimismo tengan mucho sentido político. Lo que importa –lo que es en realidad condición necesaria para cualquier fructífera acción moral o política– es el realismo, que a veces nos hace sentir desanimados y otras jubilosos. Puede calificarse un discurso como auténticamente realista si les resulta ilusorio a los cínicos y crudo a los románticos. En una reciente conferencia del Socialist Workers Party (SWP) en Londres, un entusiasta camarada se puso de pie para anunciar que “nunca han existido tantas oportunidades revolucionarias” como en el presente. Quizá, durante una década, este camarada haya estado sentado en un cuarto oscuro, con la cabeza tapada con una bolsa de papel. Hay, por cierto, socialistas que dirían esto incluso en medio de una tierra devastada por una explosión nuclear, con por lo menos uno de sus brazos arrancados. Con todo, la cuestión es estar afligidos por las razones correctas, que es el punto en que la izquierda a veces se equivoca. Por eso, permítanme desglosar algunas razones para que la izquierda no se sienta desalentada.
    En primer lugar, es un error imaginar que la actual crisis de la izquierda tenga mucho que ver con el colapso del comunismo. Por supuesto que no ayuda el hecho de que no haya actualmente casi ningún ejemplo de relaciones sociales no-capitalistas para señalar en el mundo; pero algunos en la izquierda creían que las relaciones sociales no-capitalistas no eran tales tampoco en el bloque soviético, y pocos socialistas se desencantaron ante los eventos de finales de los ochenta, ya que para desilusionarse, primero hay que estar ilusionado. La última vez que la izquierda occidental estuvo masivamente ilusionada con el estalinismo fue hace mucho tiempo, en los años treinta. En efecto, si se quiere observar la más efectiva crítica a ese sistema, no hay que recurrir al liberalismo occidental, sino a las mayores corrientes del marxismo, que siempre fueron mucho más radicales en sus resistencias al estalinismo que Isaiah Berlin. En cualquier caso, la izquierda global ya atravesaba una profunda crisis antes de que el primer ladrillo fuera arrancado del Muro de Berlín. Si hay razón para que la izquierda se sienta desanimada por el final del comunismo, esto se debe a que dicho colapso demostró el formidable poder del capitalismo –que en la forma de una deliberadamente ruinosa carrera armamentista definió en gran medida que el bloque soviético se hincara– y no tanto al derrumbe de una valiosa forma de vida encarnada por los Ceaucescus. Aun así, con todas sus horrendas consecuencias, los sucesos de finales de los ochenta fueron una revolución; y no se suponía, al menos de acuerdo con algunos teóricos posmodernos, que existieran revoluciones por aquellos años, ya que no había totalidad para ser revolucionada ni ningún sujeto colectivo para hacer la revolución. Es entonces profundamente irónico que, justo cuando estas doctrinas estaban fuera de moda en Occidente, hayan cobrado encarnadura política en Europa oriental.

    Tampoco la supuesta apatía de la población es una razón suficientemente buena para sentirse abatidos, en gran medida porque es un mito. Las personas que claman contra los refugiados y exigen el derecho a proteger su propiedad con una bomba neutrónica pueden ser de pocas luces, pero no son apáticas, ni trogloditas drogados por la televisión. Hay muchos buenos ciudadanos al norte del lugar donde yo vivo, Irlanda, que no son en ninguna medida apáticos. Los hombres y las mujeres suelen ser indiferentes solamente respecto de políticas que son displicentes con ellos. Puede que la gente no crea en los políticos, ni piense en las teorías de la plusvalía, pero si alguien trata de construir una autopista a través de sus patios o de cerrar las escuelas de sus hijos, van a protestar rápidamente. ¿Y por qué no? Es racional resistir a un poder injusto si uno puede hacerlo sin demasiado riesgo y con una razonable probabilidad de éxito. Tales protestas pueden no ser efectivas, pero ese no es el punto en discusión. También es racional, desde mi punto de vista, rehusarse al cambio político radical siempre y cuando el sistema sea capaz de otorgar alguna gratificación, por magra que sea, y mientras las alternativas sigan siendo peligrosas y oscuras. En cualquier caso, la mayoría de la gente tiene que invertir demasiada energía simplemente en sobrevivir, en asuntos materiales inmediatos, como para tener mucho resto para la política. También invertimos un buen grado de energía física en un amor masoquista por la ley, una sumisión al superyó profundamente placentera, incluso cuando también es verdad que obtenemos deleite sádico al ver tal autoridad venirse abajo. Por todas estas razones, es muy difícil poner en marcha un cambio radical. Pero mientras la demanda de ser razonables en nuestros días significa “tranquilizarse”, en 1790 significaba levantar barricadas. Más aún, una vez que un sistema político deja de ser capaz de proveer suficiente gratificación como para sujetar a sus ciudadanos, y una vez que alternativas de bajo riesgo y realistas emergen, entonces la revuelta es tan previsible como la palabra like en la conversación de un estudiante novato de Cornell. La caída del apartheid sería un buen ejemplo en nuestros días.

    Hay poca evidencia, entonces, de que la ciudadanía sea en general abúlica o complaciente. Por el contrario, la evidencia sugiere que está considerablemente alarmada acerca de un número importante de asuntos, incluso cuando la mayoría está tan lejos de virar hacia el socialismo en busca de soluciones como lo está de la teosofía. Sin embargo, tampoco habría que exagerar la falta de resistencia de izquierda, si se observa el Movimiento de los Sin Tierra en Brasil, la militancia de la clase trabajadora francesa, la agitación estudiantil contra los sweatshops en Estados Unidos, las incursiones anarquistas contra el capitalismo financiero, por dar algunos ejemplos. La tesis de “la desaparición de la clase trabajadora” tampoco puede soportar un escrutinio minucioso. Es verdad que en las sociedades capitalistas avanzadas el proletariado ha disminuido en tamaño y significación; pero el proletariado, en el sentido de trabajadores manuales industriales asalariados, no es lo mismo que la clase trabajadora. Uno no deja de ser parte de la clase trabajadora porque se convierta en mozo en vez de ser trabajador textil. En términos generales, “proletariado” denota un tipo de trabajo, mientras que “clase trabajadora” denota una posición dentro de las relaciones sociales de producción. Esta confusión ha surgido, en parte, porque en tiempos de Marx la clase trabajadora era más o menos idéntica al proletariado industrial. En cualquier caso, el proletariado, en un sentido estrictamente técnico, ha crecido globalmente en términos absolutos. Puede argumentarse que en términos relativos ha declinado en relación con otras clases; pero nunca ha existido el requisito de que la clase trabajadora sea la mayoría para calificar como agente revolucionario.

    Tampoco hay ningún requisito que indique que la clase trabajadora deba ser la más empobrecida y desgraciada. Hay mucha gente –vagabundos, ancianos, desocupados, lo que supongo hoy podríamos llamar lumpen-intelligentsia– que está muchísimo peor. Algunos socialistas han visto a la clase trabajadora como agente del cambio revolucionario no porque sufra mucho –a veces lo hace, a veces no–, sino porque está situada de tal manera dentro del sistema capitalista como para ser efectivamente capaz de reemplazarlo. Al igual que otras fuerzas radicales, la clase trabajadora está a la vez en la raíz y en las fuentes mismas del sistema, y aun así es incapaz de ser totalmente incluida en él; es parte de su lógica y también parte de la subversión del sistema y, por lo tanto, en un sentido exacto del término, es una fuerza deconstructiva. Si para el marxismo la clase trabajadora tiene un rol especial, no es porque sea especialmente miserable ni necesariamente numerosa, sino porque es, en el sentido freudiano, “sintomática”. Como tal, es aquello que representa la contradicción, la cual, como los límites de un campo, estando a la vez adentro y afuera –ex-tiempo, como dice Lacan–, manifiesta algo de la lógica dual o contradictoria del sistema como un todo. Si en algún sentido es un “totalizador” de ese sistema, lo es porque representa las contradicciones del régimen como un todo, y de este modo escapa a cualquier totalización armoniosa.

    Podemos olvidarnos, entonces, de la idea de que los socialistas eligen a la clase trabajadora como una fuerza transformadora, mientras que otros podrían optar por los payasos de circo o los farmacólogos pelirrojos. ¿Quiénes sino los hombres y mujeres que crean el sistema, cuyas vidas dependen de él, y que son capaces de hacerlo funcionar justa y colectivamente, y que se beneficiarían más con semejante cambio, deberían reemplazarlo? ¿Los oftalmólogos pecosos? ¿Los que miden más de 1,60 m y viven al oeste de Shannon?
    La palabra “proletariado” –proletarius en latín– en el mundo antiguo refería a aquellos que servían al Estado produciendo hijos –fabricando fuerza de trabajo– porque eran demasiado pobres para servirlo con sus propiedades. El proletariado, en otras palabras, tiene tanto que ver con la producción material como con la sexual; y como el peso de la reproducción sexual recae más sobre las mujeres que sobre los varones, no es una hipérbole decir que en el mundo antiguo la clase trabajadora fue una mujer. Como, en efecto, lo es en forma creciente en la actualidad. El geógrafo David Harvey se refiere a las fuerzas opositoras del futuro como “proletariado feminizado”. Esas tediosas viejas riñas entre socialistas y feministas son cada vez más superfluas a causa del avance del capitalismo mismo. Es el capitalismo, aunque no lo crean, el que está arrojando a los socialistas y a las feministas en brazos de unas y otros (hablo, por supuesto, metafóricamente). Desde luego, estas fuerzas opositoras pueden fracasar. Pero esto es un asunto diferente a decir que tales fuerzas no existan en absoluto.
    ¿Debería estar triste la izquierda porque el marxismo ha sido finalmente desacreditado? No, porque no lo ha sido. Ha sido estruendosamente derrotado, pero esto es un asunto diferente. Considerarlo desacreditado sería como decir que Mozambique fue desacreditado por haber sido dominado por los portugueses. Si el marxismo ha sido desacreditado por la caída del bloque soviético, ¿por qué no fue desacreditado ya en los años sesenta y setenta, cuando sabíamos demasiado bien qué tipo de grotesco socialismo travestido era el bloque socialista? La teoría marxista no ha sido declarada en bancarrota intelectual, en parte porque no hubo necesidad. No es que carezca de respuestas, sino que está fuera de la discusión. No se trata tanto de si es verdadera o falsa, sino –para usar una frase foucaultiana– de que no está más “en la verdad”. Un cambio cultural y político total la ha dejado atrás en tanto fuerza práctica, pero difícilmente la ha refutado como descripción del mundo. En efecto, en este último sentido, ¿qué podría ser más adecuado que aquel documento de 1848, me refiero claro está a El Manifiesto Comunista, que pronostica la expansión de la globalización, la profundización de las desigualdades, el creciente empobrecimiento y la intensificación de la guerra? Este escrito está, me atrevo a afirmarlo, mucho menos desactualizado que los análisis de Maynard Keynes.
    De todos modos, cuando algunos dicen que el marxismo está desacreditado o es irrelevante, están implicando que saben exactamente qué es el marxismo, lo cual –debo decirlo– es mucho más de lo que yo sé. Los devotos anti-esencialistas hablan del fracaso del marxismo, como si pudiésemos aislar alguna esencia del credo que ahora se ha desintegrado. Pero descubrir qué es lo peculiar del marxismo como doctrina no es una cuestión fácil. ¿La preocupación por las clases? Ciertamente no: Marx y Engels mismos insistieron en que esto de ningún modo era nuevo para ellos. ¿La revolución política, la lucha de clases, la abolición de la propiedad privada, la cooperación humana, la igualdad social y el fin de la alienación y de las fuerzas del mercado? Tampoco: muchos izquierdistas han compartido estas visiones sin ser marxistas.
    Blake, por ejemplo, abogaba por casi todas ellas. ¿La determinación económica de la historia? Bueno, quizá se está poniendo un poco más tibio; pero Sigmund Freud, él mismo nada amigo del marxismo, sostuvo que el motivo básico de la vida social era económico, y que sin esta sorda compulsión estaríamos tirados todo el día en interesantes posturas de goce (jouissance). ¿Las diferentes fases materiales de la historia como determinantes de diferentes formas de vida social? Bueno, esto era casi un lugar común para el Iluminismo radical.
    El socialismo tampoco sufre una bancarrota en el sentido de estar carente de ideas. Todavía hay muchas buenas ideas de izquierda en todas partes, y un no menos fértil y sugerente corpus de trabajo sobre cómo podría ser una economía socialista, y hasta qué punto los mercados aún serían necesarios para cumplir con ciertas funciones, entre otros temas. Uno podría agregar, también, que las postrimerías del siglo XX no presenciaron en absoluto la derrota del impulso revolucionario, sino un cambio de rumbo. En sus décadas centrales, se vivió la victoria del anticolonialismo –el movimiento radical más exitoso de la época moderna– que barrió a los viejos imperios de sus sitiales de poder. El socialismo ha sido descripto como el movimiento de reforma más grande de la historia, pero la lucha anticolonial ha sido por lejos el más exitoso. No; ninguna de estas son buenas razones para sentirse tristes. Tampoco lo es la creencia de que el sistema capitalista es invulnerable. Algunos radicales desencantados pueden sostener semejante postura, pero el FMI por cierto no lo hace. El FMI es muy consciente de la repugnante inestabilidad de todo este negocio; una inestabilidad que, irónicamente, la globalización profundiza. Porque si cada pedacito del mundo está conectado con cada uno de los otros pedacitos, luego, un tambaleo en un punto puede significar un sacudón en otro, y una crisis en un tercero. En este sentido, la permanente oscilación del sistema es también una fuente de vulnerabilidad.
    Entonces, ¿de qué debe apenarse la izquierda? La respuesta es seguramente obvia: no de que el sistema sea monumentalmente estable, sino de que es formidablemente poderoso. Demasiado poderoso para nosotros en el presente o, diría yo, en cualquier futuro a corto o mediano plazo. ¿Significa esto que el sistema simplemente no se detendrá y seguirá azuzándonos como un tipo cargoso en un bar? De ningún modo. Es perfectamente capaz de detenerse abruptamente, sin la ayuda de sus opositores políticos. Si esto es una buena o una mala noticia para dichos opositores, es una cuestión discutible. No hace falta el socialismo para que colapse el capitalismo, sólo hace falta el capitalismo mismo. El sistema es ciertamente capaz de cometer un haraquiri. Pero sí hace falta socialismo, o algo parecido, para que el sistema pueda ser derribado sin que nos arroje a todos a la barbarie. Y es por esto que las fuerzas de oposición son tan importantes: para resistir tanto como sea
    posible el fascismo, el caos y el salvajismo que seguramente surgirán de una crisis mayúscula del sistema. Walter Benjamin sabiamente observó que la revolución no es un tren fuera de control, es la aplicación de los frenos de emergencia. Bertolt Brecht añadió que el capitalismo, y no el comunismo, era radical. En este sentido, el rol de las ideas socialistas es el de proteger el futuro que todavía no ha nacido –ofrecer, no una tormenta, sino un lugar de refugio en esta tempestad que es la historia.

    BIBLIOGRAFÍA
    Blackburn, Robin (comp.) 1991 After the Fall. The Failure of Communism and the Future of Socialism (London: Verso).
    Callinicos, Alex 1993 Contra el posmodernismo (Bogotá: El Áncora).
    Eagleton, Terry 1998 Las ilusiones del posmodernismo (Buenos Aires: Paidós).
    Fukuyama, Francis 1992 El fin de la historia y el último hombre (Buenos Aires: Planeta).
    Hardt, Michael y Negri, Antonio 2002 Imperio (Buenos Aires: Paidós).
    Harvey, David 2003 Espacios de esperanza (Madrid: Akal).
    Marx, Karl y Engels, Friedrich 1998 El Manifiesto Comunista (Barcelona: El Viejo Topo).
    Williams, Raymond 1984 Hacia el año 2000 (Barcelona: Crítica).

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